Al contrastar al Dios de Israel con los ídolos paganos de la antigüedad, el profeta Isaías retó a los que creían en el poder de sus dioses paganos. Isaías dijo esto acerca de los ídolos: “Traigan, anúnciennos lo que ha de venir; dígannos lo que ha pasado desde el principio, y pondremos nuestro corazón en ello; sepamos también su postrimería, y hacednos entender lo que ha de venir. Dadnos nuevas de lo que ha de ser después, para que sepamos que vosotros sois dioses” (41:22-23). Según Isaías, cualquier dios que pudiera pronosticar consistentemente el futuro sería reconocido como un Dios verdadero, mientras que el que no pudiera pronosticar el futuro sería relegado como basura de la religión falsa. Para probar que el Dios de Israel era el Dios verdadero, Isaías mencionó las siguientes palabras de Dios: “Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho” (46:9-10). Ciertamente, el Dios de Isaías podía pronosticar el futuro. La caída de Babilonia, el reino de Ciro y la venida del Mesías son solo unos pocos de los ejemplos más prominentes que se encuentran en el mismo libro de Isaías. De hecho, los escritores del Nuevo Testamento citaron el libro de Isaías más a menudo que cualquier otro libro del Antiguo Testamento. La comunidad judía del primer siglo respetaba el libro de Isaías como inspirado e infalible. Sin embargo, la mayoría de judíos del primer siglo no entendieron uno de los puntos principales—que el Mesías no sería solamente un rey conquistador, sino también un siervo sufrido.
La mayor parte del tiempo, la gente encuentra lo que quiere encontrar. Durante el tiempo que Isaías escribió su profecía, las naciones circundantes estaban oprimiendo a los hijos de Israel. Años después que Isaías escribió, los hijos de Israel tuvieron problemas mayores, incluso los babilonios les llevaron cautivos y fueron esparcidos en muchas naciones diferentes. Durante sus persecuciones diferentes, comenzaron a formular una descripción singular del Mesías prometido. Se había dicho acerca del Mesías lo siguiente:
Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto (Isaías 9:6-7).
A causa de esta profecía, ¿no sería lógico esperar un Salvador poderoso y conquistador que llevaría la carga del gobierno en Sus propios hombros—un Gobernador soberano semejante a David, quien se sentaría en el trono de un reino unido e ilimitado? ¡Israel anhelaba este Gobernador que quitaría la carga de la esclavitud extranjera y que le guiaría a un reino físico, victorioso y eterno!
No obstante, Isaías no describió solo un cuadro incompleto del Mesías. De hecho, todo el capítulo 53 de Isaías describe detalladamente a un siervo sufrido que sería “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (vs. 3). Este Mesías sufrido sería oprimido, afligido, golpeado y azotado. En Su muerte sería contado con los pecadores, llevado como un cordero al matadero. Esta descripción del Mesías no fue de un guerrero conquistador, sino de un siervo golpeado que llevaría los pecados del mundo.
Desde luego, los cuadros que los profetas describieron no son contradictorios. El poder conquistador del Mesías sería el resultado de Su habilidad de llevar los pecados del mundo a través del sufrimiento y la vergüenza. Pero para la mayoría de los judíos del primer siglo, un Mesías sufrido era algo que ellos no podían soportar. Cuando Cristo llegó de la Nazaret menospreciada como un hijo de carpintero, Él simplemente no fue lo que ellos estaban esperando. Ellos le provocaron a probar Su poder cuando dijeron, “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él” (Mateo 27:42). Ellos no pudieron reconocer el “tiempo de la visitación” porque tuvieron en mente solamente las profecías que les gustaban—solamente esas descripciones que se adaptaban a su fantasía.
Aprendamos una lección valiosa de estos judíos del primer siglo. Lo que esperamos de Cristo no es siempre lo que encontramos. El Evangelio de Cristo no se trata de salud y riqueza terrenal. No se trata de negligencia moral o de una devoción poco entusiasta. El Cristo del Nuevo Testamento volcó mesas de los cambistas, fijó a padres en contra de hijos, habló en contra del divorcio y demandó adoración no-dividida. Cuando veamos algo en el carácter de Cristo que no esperamos encontrar, no nos unamos a la mayoría del judaísmo del primer siglo y rechacemos a Cristo y a Su Palabra, basándonos en la aceptación de una evidencia incompleta. En cambio, investiguemos más profundamente para encontrar la descripción completa de nuestro Salvador, basándonos en toda la evidencia. Tengamos el coraje de ir donde la evidencia nos lleva para que así nos unamos al apóstol Andrés al decir, “Hemos hallado al Mesías” (Juan 1:41).
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