“No existe un escándalo mayor que el homicidio calculado de una vida humana inocente”. Eso declara la cubierta interior del libro de John MacArthur, El Homicidio de Jesús, y eso introduce una investigación de la farsa judicial más ruin y parcial que jamás se haya perpetrado a un ser humano—el proceso de Jesucristo.
El propósito singular de este artículo es mostrar que incluso el observador casual del siglo XXI puede determinar que el proceso de Jesús fue ilegal, y que se debió haber descartado el veredicto en concordancia.
Primero, considere el hecho que se verificó que varios de los testigos que se presentaron en el tribunal fueron falsos. Marcos declaró que “muchos decían falso testimonio contra él [Jesús], mas sus testimonios no concordaban” (14:56). En Deuteronomio 19:16-19, Dios señaló claramente lo que se debía hacer si se comprobaba que el testimonio de un testigo era inventado.
Cuando se levantare testigo falso contra alguno, para testificar contra él, entonces los dos litigantes se presentarán delante de Jehová, y delante de los sacerdotes y de los jueces que hubiere en aquellos días. Y los jueces inquirirán bien; y si aquel testigo resultare falso, y hubiere acusado falsamente a su hermano, entonces haréis a él como él pensó hacer a su hermano; y quitarás el mal de en medio de ti.
No obstante, es evidente que no se investigó para averiguar la naturaleza de los reportes de los testigos. Ni tampoco se impuso algún castigo por su desobediencia al noveno mandamiento encontrado en Éxodo 20:16: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”.
Segundo, considere el hecho que Jesús incluso no fue sentenciado sobre la base del testimonio de algún testigo. En cambio, el sumo sacerdote obligó al acusado a testificar en contra de Sí mismo (Mateo 26:63). Moisés prohibió explícitamente este curso de acción: “Por dicho de dos o de tres testigos morirá el que hubiere de morir; no morirá por el dicho de un solo testigo” (Deuteronomio 17:6).
Después de la admisión de Jesús que Él era el Hijo de Dios, el sumo sacerdote cometió otro acto ilícito. El relato de Mateo detalla que “el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos?” (26:65). Sin embargo, Levítico 21:10 prohibía que el sumo sacerdote rasgara sus ropas: “Y el sumo sacerdote entre sus hermanos, sobre cuya cabeza fue derramado el aceite de la unción, y que fue consagrado para llevar las vestiduras, no descubrirá su cabeza, ni rasgará sus vestidos”. El texto en Levítico incluso dice que el sumo sacerdote no podía rasgar sus ropas en duelo por su padre o madre. Caifás debió haber sido censurado, y se debió haber abandonado el proceso ilegal en contra de Jesús.
La triste realidad es que a ninguno en la corte le importaba si el proceso era legal o no, e incluso si a alguno le importaba, no tenía el valor de ponerse en pie por la verdad. Jesús fue entregado por un traidor, sentenciado por jueces impíos e inmorales, y muerto a causa de acusaciones falsas. Su muerte continúa siendo un recordatorio que “todo lo que se necesita para que el mal triunfe, es que los hombres buenos no hagan nada”. Tomemos la resolución de nunca ser parte en la injusticia, sea activamente o pasivamente. También tomemos la resolución de ponernos en pie al lado de Jesús para defenderle de la generación impía y perversa hasta que Él regrese.
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