En Juan 20:31 aprendemos por qué Jesús realizaba milagros: “Para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”. Los milagros de Cristo que los evangelios registran prueban que a Jesús se le había dado todo poder en el cielo y en la Tierra. Hombres confiables documentaron que Él tenía poder sobre el cuerpo humano y que podía sanar enfermedades con el toque de Su mano (Mateo 8:1-4). En otras ocasiones, probó que tenía poder sobre el mundo espiritual al perdonar pecados (Lucas 5:20-24) y expulsar demonios (Lucas 6:18). También tenía el poder de controlar el mundo físico al calmar tempestades y caminar sobre el agua (Mateo 14:25-43). Y Su poder sobre la muerte se demostró a través de Su resurrección gloriosa tres días después de Su crucifixión (Juan 20:24-29).
Los milagros de Jesús tuvieron el propósito de probar que Él era el Hijo de Dios. Incluso los fariseos, Sus peores enemigos, admitieron: “Este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él” (Juan 11:47-48). Sin embargo, ellos rechazaron rotundamente creer que Él era el Hijo de Dios. Muchos de ellos incluso vieron que resucitó a Lázaro, sanó al enfermo y dio vista al ciego, pero no admitieron Su deidad.
¿Por qué sería diferente en la actualidad? Cualquiera que considera honestamente la evidencia debería ver que este mundo debe haber tenido un Creador. Ese Creador inspiró la Biblia, y la Biblia nos informa que Jesús realizó milagros para probar que era el Hijo de Dios. Pero mucha gente dejará de lado toda la evidencia—así como los fariseos lo hicieron—y negará la divinidad de Cristo. En el Día del Juicio esas personas escucharán las palabras de Cristo: “¡Ay de ti!... Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza” (Mateo 11:21).
CONCLUSIÓN
Los milagros son solamente imposibles en un mundo sin Dios. A través de la historia, Dios ha usado los milagros para crear el Universo, dar credibilidad a los hombres que les confió Su mensaje y lograr Sus propósitos divinos. Jesús de Nazaret repetidamente realizó obras milagrosas para probar a Sus seguidores (¡y a Sus enemigos!) que realmente era el Hijo de Dios. Tristemente, mucha gente del tiempo de Jesús rechazó creer en Él como el Hijo de Dios. Y, tristemente, muchos hoy rechazan obstinadamente creer en la deidad de Cristo. De la manera que Cristo habló a los fariseos incrédulos de Su tiempo, hablará a los incrédulos del tiempo moderno, “¡Ay de ti!”.
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