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Apologetics Press :: Creación vs. Evolución

Las Implicaciones de la Evolución
por Bert Thompson, Ph.D.
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INTRODUCCIÓN

Orígenes. La simple mención de la palabra provoca en la gente emociones profundamente arraigadas, ya que éste es un tema sobre el cual casi todos tienen una opinión. Desde tiempos más antiguos, los hombres han inquirido acerca de su origen, y la pregunta, “¿De dónde he venido?”, raramente ha estado lejos de sus pensamientos o de sus labios. Hoy en día, los debates acerca de los orígenes frecuentemente agitan gran controversia cuando los proponentes de las teorías en disputa batallan el uno al otro en debates públicos, en los medios de comunicación, en la clase, en la sala de justicia, y por medio de la palabra impresa.

Adicionalmente a la controversia está el factor de que cuando la gente explora panoramas dirigidos a explicar su origen, ellos pueden descubrir (algunas veces para su consternación) implicaciones serias incluidas dentro de esos panoramas. Estas implicaciones, a su vez, no son de consecuencias pequeñas, ya que éstas se relacionan a tales asuntos como la ética, la moral, la verdad, los valores, y una multitud de otros conceptos de importancia para la humanidad. Sin duda, estas implicaciones conllevan investigación.

Una de las explicaciones para el origen del hombre es conocida popularmente como la evolución. El término “evolución” se deriva del latín evolvere, que significa “desenrollarse, desplegarse, o cambiar”. La palabra evolución puede ser usada legítimamente para hablar del desarrollo del capullo en la flor, la metamorfosis de la mariposa, o la producción de nuevas variedades de organismos (e.g., perros cockapoo o ganado vacuno Brangus). Sin embargo, esto no es lo que la persona promedio generalmente tiene en mente cuando habla de la evolución. En el lenguaje de cada día, la palabra conlleva un significado bastante diferente.

En 1960, el fisiólogo británico G.A. Kerkut escribió un pequeño volumen titulado The Implications of Evolution (Las Implicaciones de la Evolución) en el que definía no una, sino dos teorías de la evolución. Una de éstas la calificó como la Teoría Especial de la Evolución (a menudo conocida como “microevolución”). No existe controversia sobre esta teoría cuando ésta simplemente describe cambios pequeños que no cruzan lo que los biólogos llaman las “fronteras filogenéticas”. Aunque la Teoría Especial de la Evolución permite los cambios dentro de los grupos, ésta no permite los cambios entre los grupos.

En adición a la Teoría Especial de la Evolución, Kerkut también definió y trató lo que denominó la Teoría General de la Evolución (a menuda conocida como “macroevolución”). Él escribió: “Por otra parte, existe la teoría de que todas las formas vivientes en el mundo han surgido de una única fuente, la misma que vino de una forma inorgánica. Esta teoría puede ser llamada la ‘Teoría General de la Evolución’...” (1960, p. 157). Esto es lo que hoy en día conocemos como “evolución orgánica”, o simplemente como “evolución”.

LAS IMPLICACIONES DE LA EVOLUCIÓN

Es un factor bien conocido y admitido abiertamente que las acciones tienen consecuencias. Pero no es menos verdadero el hecho de que las creencias tienen implicaciones. El prominente humanista Martin Gardner, en uno de sus libros, dedicó un capítulo a “La Relevancia de los Sistemas de Creencias”, en un esfuerzo por explicar que lo que una persona cree influencia profundamente en cómo una persona actúa (1988, pp. 57-64). En su libro, Does It Matter What I Believe? (¿Importa lo Que Creo?) Millard J. Erickson, escribió que existen numerosas razones

... de por qué es importante tener creencias correctas. Nuestras vidas enteras son inevitablemente afectadas por el mundo real alrededor nuestro, así que lo que creemos acerca de éste es lo más importante... Lo que creemos acerca de la realidad no cambia la verdad, ni su efecto sobre nosotros. Sin embargo, la creencia correcta nos permite conocer la verdad como es, y luego tomar una acción apropiada, para que así esto tenga el mejor efecto posible sobre nuestras vidas. Tener creencias correctas es también necesario a causa de la gran cantidad y variedad de creencias incorrectas que están cerca (1992, pp. 12,13).

Erickson está en lo correcto. Tener creencias correctas es importante. Considere, por ejemplo, la posición de una persona que cree en la evolución. Por definición (ya que la evolución es un proceso completamente naturalista—vea Simpson, 1960), un Creador Divino es descartado. El admitir esto causa que ciertas cuestiones salten a la mente: “Si no existe un Creador, si todo finalmente aparece por causas naturales, y si esta vida es todo lo que hay, ¿por qué debo hacer o no hacer ciertas cosas o actuar o no actuar en cierta manera?”; “Si el hombre es simplemente el último en una larga cadena de animales, ¿por qué debería ser visto como diferente a cualquier otro animal?”. Estas, y otras preguntas similares, surgen inevitablemente de una creencia en la evolución.

Pero si una persona libremente escoge creer en la evolución, entonces, ¿cuáles son las implicaciones de esa creencia? Y ¿cómo esa creencia se expresa en la realidad de la vida diaria? Aunque es raro ver que los evolucionistas realmente lo admitan, lo cierto es que la creencia en la evolución produce una sociedad en la que no es muy placentero vivir. Algunos años atrás, el evolucionista británico Richard Dawkins [quien se ha calificado a sí mismo como un “ateo completamente militante, con un grado considerable de hostilidad hacia la religión” (vea Bass, 1990, p. 86)] escribió un libro titulado The Selfish Gene (El Gen Egoísta) en el cual declaró su concepto del determinismo genético. Resumiendo la tesis básica del libro, Dawkins dijo: “Usted está para nada. Usted está aquí para propagar sus genes egoístas. No hay propósito más alto en la vida” (Bass, 1990, p. 60). Dawkins explicó:

Yo no estoy defendiendo la moralidad basada en la evolución. Estoy diciendo cómo han evolucionado las cosas. No estoy diciendo cómo los seres humanos deben comportarse moralmente... Mi sentimiento propio es que una sociedad humana basada simplemente sobre la ley del gen de egoísmo universal despiadado sería una sociedad muy repugnante en la cual vivir. Sin embargo, desafortunadamente por mucho que podamos deplorar algo, esto no lo detiene de ser verdadero (1989, pp. 2,3, énfasis añadido).

Dawkins está en lo correcto en su evaluación de que una sociedad basada sobre la veracidad de la evolución sería un lugar “muy repugnante” para vivir. Pero ¿por qué es así? La respuesta tiene que ver con las implicaciones de la creencia en la evolución.

La Evolución y la Ética

La ética generalmente está vista como el sistema o código por el cual las actitudes y acciones son determinadas como correctas o incorrectas. Pero lo cierto es que si la evolución es correcta y no existe Dios, el hombre existe en un medio ambiente donde “todo puede ser”. El novelista ruso Feodor Dostoevski, en The Brothers Karamazov—Los Hermanos Karamazov (1880), hizo que uno de los personajes dijera que en la ausencia de Dios, todo es permitido. El filósofo existencial francés, Jean Paul Sartre, escribió:

Todo es en efecto permitido si Dios no existe, y el hombre está en consecuencia abandonado, ya que él no puede encontrar nada en qué depender dentro o fuera de sí mismo... Por otra parte, si Dios no existe, tampoco estamos provistos con algún valor o mandamientos que pudieran legitimar nuestro comportamiento (1961, p. 485).

Sartre sostenía que lo que sea que uno escoja hacer es correcto; el valor está adjunto a la elección misma así que “nosotros nunca podemos escoger mal” (1966, p. 279). Por ende, es imposible formular un sistema de ética por el cual uno pueda diferenciar objetivamente lo “correcto” de lo “incorrecto”. Bertrand Russell observó:

Nosotros sentimos que el hombre que trae felicidad extensa a expensas de la miseria a sí mismo es un mejor hombre que el hombre que trae infelicidad a otros y felicidad a sí mismo. Yo no sé de ningún motivo racional para este punto de vista, o tal vez, para el punto de vista un poco más racional de que lo que la mayoría desea (llamado hedonismo utilitarista) es preferible a lo que la minoría desea. Éstos son realmente problemas éticos pero yo no sé de alguna manera en la cual éstos puedan ser resueltos excepto por la política o la guerra. Todo lo que se puede encontrar para decir en este asunto es que una opinión ética puede solamente ser defendida por un axioma ético, pero, si el axioma no es aceptado, no hay ninguna manera de alcanzar una conclusión racional (1969, 3:29, énfasis añadido).

Sin ninguna manera de alcanzar una conclusión racional sobre lo que es ético, el hombre está a la deriva en un mar caótico de desesperación donde “el poder hace el derecho”, y donde cada hombre hace lo que es correcto a sus propios ojos. Esto no crea ética, sino anarquía.

La Evolución y la Moralidad

La moralidad es el carácter de estar en concordancia con los principios y estándares de la conducta correcta. Interesantemente, el evolucionista de Harvard George Gaylord Simpson argumentó que “el hombre es el resultado de un proceso materialista sin sentido que no le tenía en mente”, incluso admitió que “los conceptos del bien y el mal y lo correcto e incorrecto que son irrelevantes en la naturaleza excepto desde el punto de vista humano, llegan a ser características reales y apremiantes del completo cosmos cuando son vistos moralmente ya que la moralidad solamente surge en el hombre” (1951, p. 179, énfasis añadido). Simpson estuvo forzado a concluir: “El descubrimiento de que el universo aparte del hombre o antes de su llegada carece y careció de algún propósito o plan tiene el corolario inevitable de que el funcionamiento del universo no puede proveer ningún criterio ético, automático, universal, eterno o absoluto de lo correcto y lo incorrecto” (1951, p. 180).

Si tales conceptos como “lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto” son “características reales y apremiantes”, entonces, ¿cómo debería la moralidad ser determinada? Ya que el hombre es visto como un poco más que el último animal entre muchos para ser producidos por el largo e incoherente proceso de evolución, esto llega a ser problemático. En su libro, Origins (Orígenes), Richard Leakey escribió: “Ahora existe una necesidad crítica por una consciencia profunda, no importa cuán especiales seamos como animales, nosotros todavía somos parte del equilibrio más grande de la naturaleza...” (1977, p. 256, énfasis añadido). Charles Darwin declaró: “No existe diferencia fundamental entre el hombre y los mamíferos superiores en sus facultades intelectuales” (como citado en Francis Darwin, 1889, 1:64). Un león no es atormentado por la culpa después de matar a una cría bebé de gacela para su almuerzo. Ya que ningún otro animal a través de toda la historia evolutiva ha sido capaz de ubicarse y vivir por estándares morales, ¿deberíamos confiar a un “simio desnudo” (para usar la expresión colorida del zoólogo Desmond Morris) que haga algo mejor? El mismo Darwin se lamentó: “¿Puede la mente del hombre, que ha sido, como yo completamente creo, desarrollada de una mente tan baja como la poseída por los animales inferiores, ser de confianza cuando hace conclusiones importantes?” (como citado en Francis Darwin, 1889, 1:282).

La materia—en y por sí misma—es impotente de evolucionar algún sentido de consciencia moral. Si no hay propósito en el Universo, como Simpson y otros han aseverado, entonces no hay propósito para la moralidad y la ética. Pero el concepto de una moralidad sin sentido, o ética sin sentido, es irracional. Por ende la incredulidad debe sostener, y sí sostiene, que no existe estándar final de verdad ética/moral, y que la moralidad y la ética, en el mejor de los casos, es relativa y situacional. Siendo éste el caso, ¿quién pudiera alguna vez sugerir, correctamente, qué conducta de alguien más fuera “equivocada”, o que un hombre “debe” o “no debe” hacer de este modo o de otro? La verdad es que la infidelidad no puede explicar el origen de la moralidad y la ética.

La Evolución y el Hedonismo

El hedonismo es la filosofía que argumenta que el objetivo de la conducta “moral” es el logro del mayor placer posible con la mayor evitación posible de dolor. En un artículo titulado “Confessions of a Professed Atheist” (“Confesiones de un Ateo Profeso”), Aldous Huxley escribió elocuentemente acerca de por qué él, y muchos otros de su generación, escogieron a propósito ignorar la convención y los principios morales/éticos establecidos para “hacer lo suyo propio”:

Yo tenía motivos para no querer que el mundo tuviera significado; consecuentemente asumí que no tenía significado, y fui capaz sin dificultad de encontrar razones para esta suposición... El filósofo que no encuentra significado en el mundo no está preocupado exclusivamente con un problema en pura metafísica; él también está preocupado por probar que no hay razón valida del por qué personalmente no debería hacer como quiere hacer... Para mi mismo, y sin duda para la mayoría de contemporáneos, la filosofía del no-significado fue esencialmente un instrumento de liberación. La liberación que deseamos fue simultáneamente una liberación de un cierto sistema político y económico, y una liberación de un cierto sistema de moralidad. Nosotros objetamos la moralidad ya que ésta interfería con nuestra libertad sexual (1966, 3:19, énfasis añadido).

Tales enunciados dejan poco a la imaginación. La meta de Huxley era el estar listo para cualquier placer sexual. Los humanistas de nuestros días buscan lo mismo. Uno de los dogmas del humanismo, como expresado en el Humanist Manifesto (Manifiesto Humanista) de 1973, sugirió:

...nosotros creemos que las actitudes intolerantes, a menudo cultivas por religiones ortodoxas y culturas puritanas, reprimen indebidamente la conducta sexual. El derecho al control de la natalidad, el aborto, y el divorcio debería ser reconocido. Aunque nosotros no aprobamos las formas de expresión sexual abusadoras o denigrantes, tampoco deseamos prohibir, por ley o sanción social, el comportamiento sexual entre adultos que actúan libremente. Las muchas variedades de exploración sexual no deberían ser consideradas “malas” en sí mismas. Sin aprobar la permisividad salvaje o la promiscuidad desenfrenada, una sociedad civilizada debería ser una tolerante. Salvo que dañen a otros o les obliguen a hacer lo mismo, debería permitirse a los individuos el expresar su proclividad sexual y dedicarse a su estilo de vida como ellos desean (1973, pp. 18-19, énfasis en original).

¿Cuáles han sido las consecuencias de esta clase de pensamiento? Existen enfermedades transmitidas sexualmente en proporciones epidémicas. Los embarazos de adolescentes son incontrolables. Los divorcios son tan comunes que a veces igualan o superan el número de los matrimonios. Las cárceles están llenas en exceso con violadores, acosadores, y abusadores de niños. ¿Qué más tendrá que salir mal antes que llegue a ser aparente que los intentos de vivir sin Dios son en vano?

La Evolución y el Valor de la Vida Humana

Habiendo crecido bajo la tutela de un padre que era veterinario, y personalmente habiendo servido como un profesor en la Facultad de Medicina Veterinaria en la Universidad de Texas A&M por varios años, he visto de primera mano la suerte de los animales que han sufrido daños irreparables, que han llegado a ser tan viejos y decrépitos como para controlar las funciones de su cuerpo, o que han llegado a ser acribillados por enfermedades incurables. Yo he tenido que cruzarme de brazos inútilmente y mirar a mi padre, o a mis colegas, descargar un arma de fuego para acabar con la vida de un caballo a causa de una pata rota que no podía ser reparada. He tenido que colocar dentro de una jeringa la droga letal para ser insertada en las venas de la mascota de alguien o “ponerlo a dormir” ya que la combinación de la senilidad y la enfermedad le había afectado negativamente tanto que incluso ni el médico más capaz del arte de la sanidad pudiera revertir. Ésta no es una tarea placentera. Pero aunque un perro favorito o un caballo campeón 4-H puedan guardar un lugar de estima en el corazón de un niño, el simple hecho es que el perro no es el padre o la madre de alguien, y el caballo no es el hermano o hermana de alguien. Estos son animales—la cual es la razón del por qué disparamos a los caballos.

No obstante, en el panorama evolutivo de las cosas el hombre ocupa el mismo estatus. Él puede ser más conocedor, más intelectual, y más intrigante que sus homólogos en el reino animal, pero él todavía es un animal. Entonces, ¿por qué debería ser tratado diferentemente cuando su vida no es considerada más meritoria de ser vivida? La verdad debe ser dicha, no existe razón lógica por la cual él debería serlo. Desde la cuna hasta la tumba, la vida—desde un punto ventajoso evolutivo—es completamente prescindible. Y así debería ser—a lo menos si Charles Darwin es tomado como valor nominal. En su libro, The Descent of Man (La Ascendencia del Hombre), él escribió:

Con la ferocidad, el débil en cuerpo o mente son pronto eliminados; y aquellos que sobreviven comúnmente exhiben un estado vigoroso de salud. Por otra parte, nosotros civilizamos al hombre, hacemos todo lo posible para controlar el proceso de la eliminación; construimos asilos para los locos, para el lisiado, y el enfermo; instituimos leyes para el pobre; y nuestros médicos ejercen sus máximas destrezas para salvar la vida de todos hasta el último momento. Existe razón para creer que la vacunación ha preservado a miles, los cuales por ser de una constitución débil hubieran anteriormente sucumbido a una simple viruela. Por ende los miembros débiles de las sociedades civilizadas han propagado su género. Ninguno que se ha ocupado a la crianza de animales domésticos dudará que eso pueda ser muy perjudicial para la raza humana. Es sorprendente cuán pronto una necesidad de cuidado, o un cuidado dirigido equivocadamente, guía a la degeneración de una raza doméstica; pero exceptuando en el caso del hombre mismo, casi nunca alguien es tan ignorante como para permitir que sus peores animales se reproduzcan (1870, p. 501).

En el tiempo de Darwin (e incluso en la parte inicial de este siglo), algunos aplicaron este punto de vista a la raza humana por medio del concepto de la eugénica.

En enero 22 de 1973, la Suprema Corte de los Estados Unidos, en un voto de 7-a-2, decidió que el embrión creciendo dentro de la matriz no es más “humano”. En cambio, es una “cosa” que puede ser matada y arrojada dentro del depósito de basura. En un artículo titulado “The Question of Abortion” (“El Asunto del Aborto”) en la revista Parade, Carl Sagan y su esposa, Ann Druyan, sostuvieron la permisividad ética del aborto humano sobre la base de que el feto dentro del cuerpo de la mujer no es un ser humano. Ellos argumentaron su caso al emplear el concepto anticuado de la “recapitulación embrionaria”, el cual sugiere que mientras el embrión se desarrolla, pasa a través de etapas ancestrales tales como una gota como-ameba, un pez, etc. Ellos sugirieron que el embrión primero es “una clase de parásito” que finalmente luce como un “gusano segmentado”. Las alteraciones adicionales, revelan características “de reptiles”, y luego surgen rasgos “de mamíferos...como-cerdos”. Para el final de los dos meses, según estos dos humanistas, la criatura se parece a un “primate pero todavía no es completamente humano” (1990, p. 6).

La recapitulación embrionaria, declarada primeramente a mediados de la década de 1860 por el científico Alemán Ernst Haeckel, hace mucho ha sido desacreditada, y ha mostrado no tener ningún fundamento en el hecho científico (vea Simpson et.al., 1957, p. 352). Pero tan desesperados estaban Sagan y Druyan por encontrar algo—cualquier cosa—en la ciencia para justificar su creencia de que el aborto no es homicidio, que ellos resucitaron el concepto antiguo, lo despolvaron, e intentaron darle algo de credibilidad para mostrar por qué el aborto no es homicidio.

Una vez que aquellos que son indefensos, débiles, y menores llegan a ser prescindibles, ¿quién seguirá después? ¿Será el indefenso, débil, y anciano? ¿Serán aquellos a quienes sus debilidades les hacen “incompetentes” para sobrevivir en una sociedad que valora la belleza y la fuerza? ¿Serán aquellos que son cojos, ciegos o lisiados? ¿Serán aquellos de quienes su coeficiente intelectual está por debajo de un cierto punto, o de quienes su piel es de un color diferente? Algunos en nuestra sociedad ya están pidiendo que ese mismo proceso de “limpieza” sea hecho legal, usando eufemismos como la “eutanasia” o “muerte misericordiosa”. Después de todo, ellos disparan a los caballos, ¿verdad?

CONCLUSIÓN

Cristo advirtió que “estrecho es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:13,14). La mayoría finalmente abandonará la misericordia y gracia de Dios a favor de su propia “sabiduría”. Es verdad que existen muchos que rechazan el relato bíblico de la creación y aceptan el sistema ateísta de la evolución orgánica. Pero, como el fallecido Guy N. Woods anotó: “Es peligroso seguir a la multitud ya que la mayoría está casi siempre en el lado equivocado en este mundo” (1982, 123[1]:2, énfasis añadido). En Éxodo 23:2, Moisés mandó al pueblo de Israel: “No seguirás a la multitud para hacer mal”. La “sabiduría” con la cual algunas veces somos impresionados no es necesariamente la sabiduría con la cual deberíamos ser impresionados. Nosotros no debemos caer presos de la psicología de la multitud—la idea que sugiere que porque “todos lo están haciendo”, esto de alguna manera lo hace correcto. Lucy, el personaje del dibujo animado americano “Peanuts”, estaba en lo correcto cuando decía a Charlie Brown, “Tú no estás en lo correcto; ¡tú solamente pareces estar en lo correcto!”.

Lo cierto es que nosotros somos responsables por lo que creemos. Usando la volición personal con la cual Dios nos ha dotado, nosotros podemos libremente creer en Él, o podemos de la misma manera libremente rechazarle. La elección está en las manos de cada persona. Una vez que el no-creyente ha cerrado su mente irrevocablemente, Dios no le impedirá, como Pablo lo clarificó cuando escribió su segunda epístola a los Tesalonicenses. En esa carta, él habló de aquellos que “no recibieron el amor de la verdad” (2:10), y luego continuó diciendo que “por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira” (2 Tesalonicenses 2:11). Efectivamente, las acciones tienen consecuencias. Y las creencias tienen implicaciones.

REFERENCIAS

Bass, Thomas (1990), “Interview with Richard Dawkins,” Omni, 12 [4]:57-60,84-89, January.

Darwin, Charles (1870), The Descent of Man (New York: Modern Library). This is a two-volume edition in a single binding that also includes The Origin of Species.

Darwin, Francis (1889), Life and Letters of Charles Darwin (London: D. Appleton).

Dawkins, Richard (1989), The Selfish Gene (Oxford, England: Oxford University Press).

Erickson, Millard J. (1992), Does It Matter What I Believe? (Grand Rapids, MI: Baker).

Gardner, Martin (1988), The New Age: Notes of a Fringe Watcher (Buffalo, NY: Prometheus).

Humanist Manifestos I & II, (Buffalo, NY: Prometheus).

Huxley, Aldous (1966), “Confessions of a Professed Atheist,” Report: Perspective on the News, June.

Kerkut, George A. (1960), The Implications of Evolution (London: Pergamon).

Leakey, Richard (1977), Origins (New York: E.P. Dutton).

Russell, Bertrand (1969), Autobiography (New York: Simon & Schuster).

Sagan, Carl and Ann Druyan (1990), “The Question of Abortion,” Parade, pp. 4-8, April 22.

Sartre, Jean Paul, (1961), “Existentialism and Humanism,” French Philosophers from Descartes to Sartre, ed. Leonard M. Marsak (New York: Meridian).

Sartre, Jean Paul (1966), “Existentialism,” Reprinted in A Casebook on Existentialism, William V. Spanos (New York: Thomas Y. Crowell).

Simpson, George Gaylord (1951), The Meaning of Evolution (New York: Mentor Books).

Simpson, George Gaylord (1960), “The World Into Which Darwin Led Us,” Science, 131:966-969.

Simpson, George Gaylord, C.S. Pittendrigh, and L.H. Tiffany (1957), Life: An Introduction to Biology (New York: Harcourt, Brace).

Woods, Guy N. (1982), “‘And be not Transformed to this World,’” Gospel Advocate, 124[1]:2, January 7.



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