INTRODUCCIÓN
Una de las grandes verdades de la Biblia es la de la inspiración de las Escrituras. Toda escritura es el aliento de Dios (2 Timoteo 3:16). Y el concepto correcto de la inspiración es la de la inspiración “verbal”, que significa que las mismas “palabras” de los manuscritos originales fueron inspiradas por Dios; Jehová es la fuente última del mensaje divino (Mateo 4:4; 1 Corintios 2:1 et.seq.). Por tanto, el maestro fiel de la Biblia contenderá seriamente por el origen sagrado de las Escrituras antiguas.
No obstante, es importante que los cristianos tengan una comprensión exacta de este asunto de la inspiración de la Biblia, ya que el hecho es que, si intentamos defender conceptos erróneos acerca de la inspiración, quedamos indefensos en contra de los dardos de los críticos quienes están apasionadamente ansiosos por desacreditar el Libro Santo y por ende desviar la atención de la sociedad de la instrucción sagrada. Por tanto, en este artículo, yo deseo guiar la atención a algunos hechos acerca de la inspiración de la Biblia que todo maestro de la Palabra necesita reconocer.
LA INSPIRACIÓN DE LA BIBLIA
(1) El hecho de que una persona poseyera inspiración no significaba que él estaba libre del pecado personal. David, el gran poeta y rey de Israel, fue inspirado por Dios al escribir un número de salmos. Pedro dijo del Salmo 69 que “el Espíritu Santo habló antes por boca de David” (Hechos 1:16), y Cristo declaró que David habló “en el Espíritu” en el Salmo 110 (cf. Mateo 22:43,44). No obstante, David fue culpable de numerosos pecados personales, tales como el pecado de adulterio con Betsabé.
Pedro fue uno de los apóstoles del Señor; él dio algunos poderosos sermones por inspiración divina (e.g., Hechos 2:14 et.seq.) y escribió dos epístolas del Nuevo Testamento, aunque cuando él “se retraía y se apartaba” de los gentiles, estuvo actuando como un hipócrita y Pablo le exhortó cara a cara (Gálatas 2:11 et.seq.). Sin embargo, la inspiración preservó la integridad de las palabras del profeta cuando él era “movido por el Espíritu”, pero el proceso no removió su libre albedrío para obligarle a vivir por encima del pecado.
(2) La inspiración no fue continua, un proceso de veinticuatro-horas-al-día. Un apóstol no fue inspirado al decir, a la hora de la cena, por ejemplo, “por favor páseme el pescado”. Los profetas fueron tan falibles en sus conversaciones ordinarias como otros hombres. Por ejemplo, pocos meses antes de Su muerte, el Señor informó a Sus discípulos que Él debía entrar dentro de poco a Jerusalén donde sufriría muchas cosas y finalmente sería muerto. Pero Pedro reconvino al Maestro y dijo: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca” (Mateo 16:22). Obviamente, el apóstol no fue inspirado en esa declaración impulsiva. Ni tampoco Santiago y Juan estuvieron hablando por autoridad divina cuando sugirieron que una “parrillada” de ciertos samaritanos inhospitalarios sería apropiada (Lucas 9:51 et.seq.). Lo cierto es que los hombres hicieron escritos y hablaron por Dios cuando eran “inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21)—un proceso que no fue continuo. Un estudio de la cronología de las profecías de Jeremías provee una ilustración interesante de este punto (cf. Jeremías 1:2; 14:1; 25:1; 26:1; 28:11; 34:1 etc.). El estudiante de la Biblia debe distinguir cuidadosamente entre las declaraciones inspiradas y las conversaciones casuales.
(3) Los profetas no siempre comprendieron el significado del mensaje que proclamaron—evidencia del hecho de que la fuente principal del mensaje era Dios. Daniel recibió una revelación de Dios y dijo: “Y yo oí, mas no entendí. Y dije: Señor mío, ¿cuál será el fin de estas cosas? Él respondió: Anda, Daniel, pues estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin” (Daniel 12:8,9). Los profetas que predijeron las glorias de la edad cristiana anhelaron saber el significado de las palabras que escribieron pero no las entendieron (cf. Lucas 10:23,24; 1 Pedro 1:10,11). Cuando David escribió de las agonías de la crucifixión (Salmos 22), él no pudo haber apreciado completamente lo que estuvo diciendo ya que la crucifixión, como modo de pena capital, ¡fue introducida por los romanos siglos después del tiempo del profeta!
(4) La inspiración no obliteraba las personalidades respectivas de los varios escritores bíblicos. Existen diferencias estilísticas entre los escritos de Pablo, un erudito calificado de la ley judía, y Juan, un pescador de profesión. Los escritos de Lucas contienen algunas insinuaciones médicas, ya que él era un médico (Colosenses 4:14). Por tanto, un examen de la evidencia revela que Jehová adaptó Su actividad inspiradora al temperamento, educación previa, hábitos literarios, idiosincrasia estilística, etc., de cada autor divinamente seleccionado. No obstante, en el análisis final, nada fue añadido al, u omitido del, mensaje divino. Éste fue precisamente como el Señor lo quería.
(5) La inspiración de la Biblia abarca todo tipo de asuntos. Es muy común para algunos teólogos argumentar que las secciones “espirituales” de la Biblia son inspiradas pero que a algunas porciones de la Escritura (tales como los materiales históricos, referencias geográficas, alusiones científicas, etc.) no les fue dada la infalibilidad, y por ende, deben contener errores. Esta noción es deplorablemente errónea. Si este fuera el caso, cada estudiante tendría la responsabilidad imponente de leer los documentos bíblicos para separar el trigo de la verdad divina de la paja del error humano. La Escritura no respalda la teoría de la “inspiración parcial”. La “suma” de la Palabra de Dios es verdad (Salmos 119:160), o como Pablo declaró, “toda escritura es inspirada por Dios”.
(6) Un escritor del Nuevo Testamento, cuando lidiaba con el material del Antiguo Testamento, podía tomar libertades con el texto divino que ningún hombre hoy puede tomar. ¿Qué, exactamente, significa esto? Simplemente esto: Yo no tengo el derecho de tomar un pasaje de la Biblia, acomodar las palabras, y por ende expresarle una nueva enseñanza que no fue parte del pasaje original. No obstante, los escritores bíblicos podían hacer eso, porque en su uso del Antiguo Testamento, ellos fueron guiados por el Espíritu Santo (Juan 16:13), y el Espíritu, consistente con Su propósito divino, tenía el derecho de cambiar Su propio lenguaje para satisfacer contextos históricos diferentes. Como un ejemplo de este principio, lea cuidadosamente cómo el texto de Isaías 61:1 et.seq. aparece en el Antiguo Testamento hebreo y observe cómo Lucas, en su registro de tal pasaje (Lucas 4:18 et.seq.) suprime de, tanto como añade a, la narración del Antiguo Testamento. Él omite, “Me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón”, lo cual aparece en Isaías 61:1 [la declaración es omitida en el original griego—MP], y luego añade, “A poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18). [NOTA: La declaración de la Reina Valera en Isaías 61:1 “y a los presos apertura de la cárcel”, se lee en el original hebreo “y abrir sus ojos”—MP]. A veces, nosotros podemos no entender completamente los cambios que los escritores inspirados hicieron, pero nosotros podemos estar seguros que eso fue hecho por autoridad divina. Por otra parte, nosotros somos desafiados a estudiar para que así podamos detectar la importancia de aquellas diferencias, y por ello ser instruidos por aquellas pepitas de oro sutiles de la verdad que están escondidas en tal manera preciosa en las Escrituras.
(7) Una distinción clara necesita ser hecha entre “inspiración” y “revelación”. Todo material revelador contenido en la Biblia es inspirado por Dios, pero no todo material inspirado fue revelador en naturaleza. La “revelación” tiene que ver con lo que no puede ser conocido excepto por la comunicación directa de Jehová. Por ejemplo, el registro de la creación del Universo (Génesis 1) obviamente fue dado por revelación, ya que ningún hombre estuvo allí para observarlo. Una vez que la revelación fue hecha conocida, la inspiración garantizó que fuera registrada infaliblemente entre el documento del Génesis. No obstante, existen muchas situaciones históricas que, aunque no fueron “reveladas”, fueron escritas por inspiración. Cuando Moisés registró la historia de la andanza de Israel por cuarenta años en el desierto (en el libro de Números), él ciertamente no necesitaba una revelación de esos eventos, ya que él los experimentó. Aunque, la inspiración le guió en la selección de qué eventos registrar y exactamente cómo expresarlos. Amos escribió de lo que vio “acerca de Israel en días de Uzías rey de Judá” (Amos 1:1).
Adicionalmente, debería notarse que ocasionalmente los autores de la Escritura, por inspiración, citaron de, o citaron, literatura no-bíblica. El libro de Jaser es citado como una referencia histórica en Josué 10:13, aunque no es un libro bíblico. Pablo, en su discurso en Atenas, citó del poeta griego Aratos (Hechos 17:28); en 1 Corintios 15:33, incluyó una cita de Menandro, un dramaturgo griego; y en Tito 1:12 citó a Epimenides, un poeta/reformador cretense. Hay dos puntos aquí que necesitan ser enfatizados. Primero, una cita de una fuente secular no impartía inspiración a esa fuente. Segundo, la inclusión de una cita de una fuente no-inspirada en ninguna manera disminuye la autoridad divina del registro bíblico, ya que el uso de ese material fue consistente con el propósito de Dios por el diseño divino.
(8) Aunque los eruditos bíblicos de hoy en día frecuentemente responden a, y refutan, los escritos de otros, ningún autor de las sagradas escrituras alguna vez criticó a otro escritor bíblico. Como fue anotado anteriormente, en ocasiones los hombres no vacilaron en condenar las acciones pecaminosas de aquellos que escribieron porciones de las Escrituras. Aunque, sorprendentemente ellos nunca estuvieron en desacuerdo con sus escritos. Por ejemplo, aunque Pedro había sido reprendido fuertemente (y públicamente) por Pablo (Gálatas 2:11 et.seq.), el apóstol nunca intentó refutar la “teología paulina”. En cambio, él una vez escribió: “Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen como también las otras escrituras, para su propia perdición” (2 Pedro 3:15,16). Es claro que Pedro consideraba las cartas de Pablo como literatura inspirada. Pablo, defendiendo el derecho de los ancianos de recibir sostenimiento, citó tanto Deuteronomio 25:4 y Lucas 10:7, identificándolos como “escritura” (1 Timoteo 5:18).
(9) Aunque los manuscritos [los documentos originales de la manera que llegaron de las plumas de los hombres inspirados] fueron verbalmente inspirados por Dios, la “inspiración” no estuvo implicaba en la transmisión del texto (i.e., la producción de copias) a través de los siglos. No obstante, esto no significa que la “inspiración” del mensaje original se haya perdido. Timoteo, desde su niñez, había conocido las “Sagradas Escrituras” [el Antiguo Testamento] que estaban disponibles para hacerle sabio para salvación (2 Timoteo 3:15). Esos “escritos” fueron solamente copias de los manuscritos originales del Antiguo Testamento, aunque estos habían sido preservados muy fielmente tanto que el apóstol pudo afirmar que su diseño original—el hacer a los hombres sabios para salvación—había permanecido intacto.
Sin embargo, a causa del factor de que las Escrituras han sido trasmitidas por copistas no-inspirados, ningún cristiano debería intentar defender el concepto de una Biblia perfecta “letra-por-letra”; si lo hace, será presa fácil para la crítica hostil, ya que existen variaciones de lenguaje entre los diferentes manuscritos bíblicos existentes disponibles actualmente para el estudio. Aunque, las diferencias son bastante mínimas, y no afectan en ninguna manera material la sustancia de la verdad divina. Como una ilustración de cuán fielmente el texto del Nuevo Testamento ha sido preservado, considere un contraste entre este libro divino y, por ejemplo, la Ilíada de Homero. Primero, Homero vivió algunos ochocientos o novecientos años antes de Cristo, aunque ¡las copias más antiguas de sus trabajos que ahora poseemos datan del treceavo al dieciseisavo siglo después de Cristo! Nosotros tenemos manuscritos del Nuevo Testamento que datan del siglo cuarto d.C., y otros fragmentos que se extienden al siglo segundo d.C. Segundo, existe un total de 643 manuscritos de la Ilíada en existencia; existen 5,358 manuscritos existentes (completos o parciales) del Nuevo Testamento. Tercero, la Ilíada contiene 15,000 líneas, de las cuales 764 son cuestionadas. El Nuevo Testamento tiene alrededor de 20,000 líneas, de las cuales solamente 40 (aproximadamente 400 palabras) están en duda (vea Geisler y Nix, 1974, p. 181). En fidelidad de preservación, ¡la Biblia sobrepasa grandemente la literatura antigua!
(10) El texto original de la Biblia fue escrito en tres idiomas. El Antiguo Testamento fue escrito en hebreo (con algunas porciones pequeñas en arameo), y el Nuevo Testamento fue escrito en griego. La mayoría de la gente no lee su Biblia en los idiomas originales, así que ellos dependen en la “traducción”. Ya que el proceso de la inspiración fue terminado con la finalización del Nuevo Testamento; es obvio que no existe “traducción inspirada” perfecta a la letra. No obstante, esto no debería socavar nuestra confianza en la fiabilidad general de la Biblia. Vamos a hacer dos observaciones en esta conexión. Primero, el proceso de la traducción de por sí no anula la naturaleza divina del texto original, un hecho demostrado por el uso de la Septuaginta en el Nuevo Testamento. La Septuaginta (una versión griega de las Escrituras del Antiguo Testamento) fue hecha en Egipto entre el 250-117 a.C. De las aproximadamente 300 citas en el Nuevo Testamento del Antiguo Testamento, la vasta mayoría son de la Septuaginta. Cristo incluso citó esa versión (tan pobre como fue en algunas consideraciones), señalando el material allí como “lo que fue dicho por Dios” (Mateo 22:31,32). Claramente, el Señor no sintió que la “traducción” había anulado la “inspiración”. Segundo, nuestras versiones fidedignas en español son mucho más superiores a la Septuaginta. Por tanto, nosotros podemos tener la confianza absoluta en la Biblia en español, aun cuando ésta haya cruzado la barrera del lenguaje.
(11) Aunque hemos argumentado enérgicamente por la “inspiración verbal” de la Biblia, nosotros somos persuadidos a hacer esta notación final—las palabras bíblicas, extraídas de su contexto original—¡pierden su calidad inspirada! Uno puede citar un pasaje textual, aunque, si esas palabras no expresan el significado intencionado por el escritor original, estas han perdido su esencia de inspiración. Déjeme proveer un ejemplo. Cristo declaró: “Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar”. Suponga que uno sugiera, sobre el fundamento de esas “palabras”, que beber una bebida con arsénico no será dañino. ¡Déjelo que trate! ¡Dentro de muy poco no estará haciendo ninguna sugerencia adicional de esa clase! En el contexto en el cual esas palabras fueron pronunciadas, el Señor estaba tratando de “carnes”, ciertas clases que los judíos consideraban contaminadas (cf. Marcos 7:19). El viejo dicho de que “un texto, fuera de su contexto, es un mero pretexto”, es muy cierto. El contexto de la Biblia, sea inmediato (los versículos justo antes y después del pasaje en cuestión) o remoto (otros pasajes en algún otro lugar en las Escrituras que tratan con el mismo asunto del tema) debe ser respetado, y el fracaso de hacerlo ha dado origen a mucho error religioso.
CONCLUSIÓN
Vamos a defender el origen divino de la Palabra sagrada de Dios valientemente. Pero vamos a hacerlo en una manera cuidadosa e intelectual. Vamos a abstenernos de los argumentos engañosos que sólo proveen ayuda a los infieles. Cuando es presentada fielmente, la Palabra del Señor logrará hacer las cosas por las cuales ha sido establecida.
REFERENCIAS
Geisler, Norman y William Nix (1974), From God to Us—How We Got Our Bible (Chicago, IL: Moody).
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