INTRODUCCIÓN
Ocasionalmente, cuando los asuntos de naturaleza espiritual están en discusión, no es raro oír a alguien sugerir que ellos se aferran, o conocen a alguien que se aferra a una religión que es “mejor sentida que hablada”. Desde luego, el carácter de tal afirmación implica que no es la enseñanza dentro de la religión de la persona la que es de importancia crucial, sino los sentimientos personales del individuo y su compromiso emocional.
Aunque este sentimiento pueda representar una evaluación correcta de la religión de algunos, nunca ha sido verdadera desde la perspectiva bíblica de la fe. Por supuesto, esto no implica que aquellos que confían y obedecen a Dios demuestren una fe que carece de emoción, o que de alguna manera ellos están menos comprometidos con su sistema de creencia que los partidarios de otras religiones. En efecto, la fe en el Dios de la Biblia siempre ha incluido tanto los sentimientos personales como el compromiso emocional (Mateo 22:37). El sugerir lo contrario robaría al hombre de su agencia moral libre, de su derecho innato de aceptar o rechazar la oferta de salvación del Cielo, y de su capacidad de deleitarse en haber hecho la decisión correcta.
Por consiguiente, lo que separa a la fe bíblica de las creencias de algunas otras religiones es que en vez de estar arraigada solamente a una apelación a las emociones, está arraigada a una apelación tanto a las emociones como al intelecto. En otras palabras, la fe bíblica aborda tanto el corazón como la mente; no es simplemente sentida, sino también aprendida. Este siempre ha sido el caso. Desde el momento de la creación del hombre, Dios trató de enseñarle cómo hacer elecciones correctas que le mantendría en, o le regresaría a, una relación de alianza con su Creador. Por eso, tan pronto como el hombre fue situado en el Huerto del Edén, Dios dio las instrucciones necesarias para el bienestar temporal y espiritual del hombre (Génesis 1:28; 2:16,17). Desde ese momento en adelante, Dios activamente enseñó al hombre cómo construir y mantener una relación apropiada con su Padre Celestial. Esto es evidente dentro de las páginas del Antiguo y Nuevo Testamento.
El Antiguo Testamento, por ejemplo, está lleno de numerosos casos de Dios proveyendo a la gente con instrucciones que les instaría a servirle con su corazón tanto como con su intelecto. Durante la Era Patriarcal, Dios habló directamente a los hombres renombrados de la antigüedad, y les transmitió los mandamientos proyectados a regular sus vidas cotidianas y su adoración ante Él. El apóstol Pablo, aludiendo a los Gentiles, habló de aquellos que tenían la ley “...escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15).
Después, durante la Era Mosaica, Dios dio Sus instrucciones a los hebreos en forma escrita para que mientras crecían numéricamente, también poseyeran la capacidad de crecer espiritualmente. Los padres judíos fueron instruidos a enseñar la Palabra de Dios a sus hijos en una manera continua (vid. Deuteronomio 4:10; 6:7-9; 11:18-25). Por consiguiente, cuando la reforma nacional y espiritual fue necesaria, Dios proveyó numerosos reyes y profetas para hacer esta importante tarea (vid. 2 Reyes 23:1-3; 2 Crónicas 7:7-9). Se ha dicho de Esdras, profeta del Antiguo Testamento, que él “...había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esdras 7:10, énfasis añadido). Nehemías 8:7,8 anota que Esdras “...hacía entender al pueblo la ley; y el pueblo estaba atento en su lugar. Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura” (énfasis añadido).
Es claro por tales pasajes que durante los tiempos del Antiguo Testamento Dios puso énfasis en el conocimiento, entendimiento, obediencia y la enseñanza de Sus mandamientos. El hilo dorado que pasa desde Génesis hasta Malaquías—el mensaje de que el Salvador venía—no podía ser expresado solamente por la emoción; el intelecto debía estar implicado. No era suficiente para el pueblo de Dios simplemente “sentir” el mensaje; este debía ser enseñado para que ellos pudieran entenderlo, darse cuenta de su importancia para su salvación, y preservarlo para las generaciones que todavía no habían nacido, a quienes también les sería enseñado.
Similarmente, el Nuevo Testamento enfatiza la naturaleza crucial de la enseñanza. En el primer siglo d.C., el mensaje ya no era “el Salvador vendrá”; en cambio, el mensaje era “el Salvador ha venido”. Una vez que Jesús comenzó Su ministerio público, el enseñar a Sus discípulos (y a otros a quienes encontró) llegó a ser Su tarea principal. Aunque es verdad que hoy en día le consideramos como un hacedor de milagros, profeta, y predicador, Él fue principalmente un maestro. Por toda Galilea, Samaria y Judea, Jesús enseñó en sinagogas, botes, templos, calles, mercados y huertos—en cualquier lugar donde había personas. Y Él enseñó como Alguien que poseía autoridad. Después de oír Sus discursos, lo único que las personas que le oían podían decir era, “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:46).
La enseñanza no paró cuando Cristo regresó al Cielo. Él había entrenado a otros—apóstoles y discípulos—para continuar la tarea que había comenzado. Ellos fueron enviados a las partes más lejanas de la Tierra con el mandato de proclamar las “buenas nuevas” (Mateo 28:18-20). Esto lo hicieron diariamente (Hechos 5:42). El resultado fue más discípulos, los cuales después fueron instruidos en los fundamentos de la Palabra de Dios (Hechos 2:42) para enseñar a otros. En solamente un día, en solamente una ciudad, más de 3,000 personas llegaron a ser cristianos como resultado de tal enseñanza (Hechos 2:41). De hecho, tan efectiva era esta clase de instrucción que los enemigos más implacables del cristianismo trataron desesperadamente de prohibir cualquier enseñanza (Hechos 4:18; 5:28), aunque inútilmente. El mensaje del cristianismo y la dedicación inquebrantable de aquellos en cuyas manos se les había encomendando, fueron demasiado poderosos como para que incluso sus enemigos más temibles los reduzcan o destruyan. Diecinueve siglos después, el tema central de la Cruz todavía está vibrante y fuerte. Pero ¿continuará siendo éste el caso si aquellos a quienes les fue dada la tarea soberana de enseñar el Evangelio actúan irresponsablemente y cambian su contenido, o utilizan maneras fraudulentas para presentarlo? Lo cierto es que—el éxito del cristianismo hoy, igualmente como en el primer siglo, depende de la dedicación y honestidad de aquellos a quienes les ha sido encomendada la Verdad.
“USANDO BIEN LA PALABRA DE VERDAD”
Dios ha puesto el plan de salvación del Evangelio en las manos de hombres y mujeres que han sido instruidos para enseñarlo y así todos los que lo oigan puedan tener la oportunidad de obedecerlo, y ser salvos. El apóstol Pablo comentó acerca de esto cuando escribió: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2 Corintios 4:7). El enfoque de la afirmación apostólica fue que la responsabilidad de llevar el Evangelio a un mundo perdido y moribundo ha sido dada a los hombres mortales. Sin embargo, el poder no está en los hombres, ¡sino en el mensaje! Esto, sin duda, explica las instrucciones que Pablo envió a Timoteo cuando instó al joven evangelista: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15, énfasis añadido). Abordando este punto, Wayne Jackson ha escrito:
El Nuevo Testamento hace abundantemente claro que los cristianos deben proclamar el evangelio de Dios en una manera cariñosa y positiva. Necesitamos exponer a todas las criaturas racionales las buenas nuevas de la muerte, sepultura y resurrección de Jesús de Nazaret. Debemos asumir que cada persona que encontramos es un alma honesta hasta que él o ella demuestre que ése no es el caso. Como el Señor, nuestra misión es buscar a quienes están perdidos... No obstante, en nuestra defensa de la fe debemos mantener el nivel más alto de integridad. Nuestra argumentación debe ser honesta y debe ser fiable. Cualquier persona que emplea un argumento falaz a sabiendas en defensa de alguna verdad bíblica es indigna del nombre de Cristo. La verdad no necesita el apoyo de la escritura mal empleada y de la razón invalida. Esta puede seguir en pie por sí misma. Aunque hay ocasiones cuando personas sinceras, las cuales intentan honestamente defender una verdad bíblica, emplean en el proceso una argumentación falible sin saberlo. Tal vez, retrospectivamente, muchos de nosotros hemos descubierto que cometimos esta clase de errores. Si este es el caso, nosotros decidiremos nunca repetirlo—sin importar cuan llamativo o impresionante el argumento parezca ser. La virtud demanda que intentemos probar nuestra posición correctamente (1990, 26 [1]:1).
LA ENSEÑANZA INVOLUNTARIA DEL ERROR
Dos clases de enseñanza errónea están bajo discusión en la evaluación anterior. El error puede resultar cuando una persona enseña inadvertidamente algo que es incorrecto. El error es accidental y no deliberado; el maestro tiene buenas intenciones, y es sincero, pero está equivocado. El mismo Nuevo Testamento anota exactamente tal incidente. En Hechos 18 se relata la historia de Apolos, un judío que era “de espíritu fervoroso” y que “hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor” (Hechos 18:25). Sin embargo, cuando Apolos viajó a Efeso, y comenzó a hablar “con denuedo en la sinagoga”, Aquila y Priscila le escucharon y se dieron cuenta de que él todavía estaba propugnando el bautismo de Juan el Bautista que miraba hacía la venida Cristo (vid. Hechos 18:25,26). Pero ese bautismo, desde luego, ya no era válido, habiendo sido reemplazado por el bautismo que conmemoraba la muerte y sepultura de Cristo. Por consiguiente, Apolos fue sincero, pero estaba equivocado. Aquila y Priscila “le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios” (Hechos 18:26).
Cuando le mostraron su error, él lo corrigió y posteriormente continuó predicando y enseñando acerca de Cristo—aparentemente con mucho éxito, ya que a su llegada en Acaya, “...los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegando él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído; porque con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo” (Hechos 18:27,28).
Muchos de nosotros nos hemos encontrado en una situación íntimamente relacionada a la de Apolos. En nuestros intentos de difundir el Evangelio, extender las fronteras del reino, o defender la fe, hemos enseñado el error inadvertidamente. Cuando nuestro error nos fue mostrado, lo corregimos, aprendimos de él, y determinamos no repetirlo—en concordancia con el ejemplo dado por Apolos. Entonces, ¿nos hace el hecho de que erramos necesariamente falsos maestros? Abordando la pregunta, “¿Son todos los que cometen errores falsos maestros?”, Steve Gibson sugirió:
No, una persona recibe un calificativo cuando un cierto comportamiento llega a ser característico de él. Un predicador, por ejemplo, es alguien que predica; un maestro es alguien que enseña; un criminal es alguien que comete crimen. Pero no todos los que han dado un sermón merecen el título de predicadores; no todos los que han violado una ley de tránsito merecen el título de criminales. Sin tener en cuenta su contenido, un calificativo debe ser reservado para aquellos que son distinguidos por el comportamiento correspondiente (1990, 10[11/12]:18).
Nuestro tratado aquí no tiene el intento de centrarse en los maestros dedicados que, ocasionalmente, cometen inadvertidamente (y corrigen) un error mientras que instruyen a alguien acerca del Evangelio. En cambio, tiene que ver con aquellos que enseñan deliberadamente el error.
LA ENSEÑANZA VOLUNTARIA DEL ERROR
El error puede resultar cuando una persona enseña deliberadamente algo que sabe que es equivocado. El Antiguo Testamento provee un ejemplo intrigante de este mismo punto. En 1 Reyes 13, se relata la historia de un varón de Dios sin nombre a quien Dios envió a entregar un mensaje al rey Jeroboam. Dios mandó al profeta: “No comas pan, ni bebas agua, ni regreses por el camino que fueres” (1 Reyes 13:19). No obstante, un viejo profeta mentiroso encontró al varón de Dios y le dijo: “Yo también soy profeta como tú, y un ángel me ha hablado por palabra de Jehová, diciendo: Tráele contigo a tu casa, para que coma pan y beba agua” (1 Reyes 13:18). El varón de Dios aceptó como valor nominal la instrucción del viejo profeta—aunque era falsa—y durante su viaje de regreso fue muerto por un león en castigo por su desobediencia (1 Reyes 13:24). El varón de Dios fue victima de la enseñanza que le había sido presentada deliberadamente por alguien que sabía que era falsa. El resultado fue la ira de Dios y la pérdida de la vida del varón de Dios.
Aunque sea difícil para la mayoría de nosotros creerlo, la verdad triste del asunto es que algunas personas simplemente no son completamente honestas en sus tratos. De vez en cuando, esto se manifiesta aun entre algunos que profesan ser cristianos, y que claman que su intención es convertir a los perdidos. La justificación (aun si no es verbalizada) usualmente ofrecida para la distorsión intencional de la Verdad es la idea de que “el fin justifica los medios”. Aunque esto pueda hacer la tarea de alcanzar a los perdidos más fácil, y pueda hinchar la lista de la iglesia, ¿cuál es el bien fundamental que resulta de la enseñanza de la mentira? ¿Podemos convertir legítimamente a los perdidos a través de la enseñaza intencional del error? ¿Puede alguien ser enseñado equivocadamente y después obedecer correctamente? La enseñanza intencional del error puede consolar donde la verdad ofende. Se le puede decir a la persona que vive en un matrimonio adúltero que su matrimonio es aceptable delante de Dios. A la persona que cree que Dios creó el Universo y pobló la Tierra por el proceso de la evolución orgánica se le puede decir que tal posición es correcta. Y así sucesivamente.
No obstante, al final tres cosas han ocurrido. Primero, como resultado de haber aprendido el error, el pecador puede no estar realmente convertido. Segundo, la iglesia ha sido llena de adúlteros, evolucionistas teístas, y otros que sostienen posiciones falsas. Ya que “un poco de levadura leuda toda la masa” (Gálatas 5:9), la iglesia estará debilitada, y otros pueden ser atraídos al error por la asociación con aquellos que lo propugnan. Tercero, la persona que a sabiendas perpetró el error ha puesto su alma, y las almas de aquellos a quienes él enseñó, en peligro, ya que sabiendo enseñó el error.
EL ERROR QUE CONDENA Y EL ERROR QUE NO CONDENA
Alguien puede sugerir que es posible ser enseñado, y creer el error sin poner en peligro el alma de uno, ya que algunos errores condenan mientras que otros no condenan. Tal observación es correcta. Como denotó Bobby Duncan:
Existen dos clases de error: (1) el error que no disuade a alguien de su curso de acción en armonía con la voluntad de Dios, y (2) el error que guía al curso de acción fuera de la armonía de la voluntad de Dios...
Algunos en el tiempo de Pablo obviamente mantenían una posición errónea concerniente a comer ciertas carnes (Rom. 14; 1 Cor. 8). Pero estas opiniones no les hicieron seguir un curso de acción fuera de la armonía de la voluntad de Dios, y aquellos que conocían la verdad fueron exhortados a recibirles (Rom. 14:1)... La creencia errónea de uno no condenará su alma a menos que su posición errónea le guíe a un curso de acción fuera de la armonía de la voluntad de Dios...
Pero existen otros errores que, si son creídos, afectarán directamente la vida y práctica religiosa de uno hasta que lo aparte de la voluntad de Dios... Si la creencia errónea le lleva a adorar según doctrinas y mandamientos de hombres, su adoración sería en vano (Mat. 15:8-9)... Si su creencia del error le guía a enseñar un evangelio pervertido, la maldición de Dios descansaría sobre él (Gal. 1:6-9)... (1983, 19[20]:2).
No todo error, si es creído, condenará el alma de uno. Suponga que, en el ejemplo de los dos profetas (1 Reyes 13), el viejo profeta convenciera al varón de Dios de que Dios quería que se apurara para llegar a casa, llevando su bastón en su mano izquierda todo el camino. ¿Sería esto una mentira? Sí, pero las consecuencias no fueran las mismas, ya que, por creer y actuar por esta mentira, el varón de Dios no seguiría un curso de acción fuera de la armonía de las instrucciones de Dios.
Sin embargo, sugerir que la enseñanza intencional del error no siempre produce efectos negativos, y entonces es aceptable, es ignorar tres cosas. Primero, el error es error, sin tener en cuenta los efectos producidos. Los cristianos no están llamados a enseñar el error, sino la verdad (Juan 14:6). Ciertamente, se debe hacer la pregunta: ¿Qué cristiano fiel desearía enseñar, o creer, algún error? El error nunca libra; solamente esclaviza.
Segundo, un hecho simple es que no todo error es neutral en sus efectos sobre el alma de una persona. Como Bobby Duncan continuó exponiendo: “Es una cosa que alguien yerre sobre un punto que no afecte el ejercicio fiel de su tarea delante de Dios. Pero es algo diferente cuando alguien sostiene un error que le alejaría de su obediencia fiel a Dios” (1983, 19[20]:2). Es posible creer un error, pensado todo el tiempo que es verdad, y descubrir demasiado tarde que no lo era. El varón de Dios que perdió su vida porque creyó en una mentira es un buen ejemplo en este asunto.
Tercero, aunque pueda ser correcto afirmar que no todo error condena, tal afirmación no cuenta la historia completa. ¿Qué del peligro para el alma de la persona responsable por la enseñanza falsa e intencional? No es suficiente simplemente sugerir que la verdad fue tergiversada deliberadamente con el propósito de salvar a un pecador del error de su camino. El fin no siempre justifica los medios. Las éticas situacionales no tienen lugar en la enseñanza, o la vida, de un cristiano fiel. En el Antiguo Testamento (e.g., Éxodo 20:16) tanto como en el Nuevo Testamento (e.g., Apocalipsis 21:8), Dios prohibió la distorsión deliberada de la verdad, y condenó a aquellos que participaban en tal práctica.
Al final, ¿quién se ha beneficiado de la enseñanza intencional del error? La persona que creyó el error no se benefició, ya que su fe no fue establecida sobre la verdad, y por eso su “conversión” podría ser cuestionada. La iglesia no se benefició, sino que fue debilitada porque aunque sus números crecieron, su espiritualidad no creció. Los beneficios espirituales no pueden ser el resultado de la enseñanza intencional del error. La persona que enseñó el error no se benefició. Mintió, y por hacerlo, incurrió en la condenación del Cielo. Si no se arrepiente, él será lanzado al “lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8).
CONCLUSIÓN
En 2 Timoteo 3:1-4, Pablo presentó a su protegido una letanía de pecados que caracterizaba lo que él calificó como los “tiempos peligrosos”. Escribió de los hombres “que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2 Timoteo 3:5). El asunto de Pablo fue que Timoteo encontraría algunos que, desde toda apariencia exterior, parecerían cristianos morales, veraces y dedicados. Pero la apariencia exterior sería engañosa porque ellos habían llegado a ser hipócritas cuyas vidas y enseñanzas no cumplían con el evangelio.
Aunque en el fondo los resultados finales de las enseñanzas erróneas no sean difíciles de reconocer, el maestro falso no siempre es fácil de identificar. Sin embargo, existen ciertos criterios que señalan un desvío de la Verdad (vid., Millar, 1987). Primero, la persona que enseña deliberadamente el error generalmente es audaz para proponer sus ideas en ciertos entornos, pero de una manera extraña es silenciosa o evasiva en otros. Cuando está entre aquellos que favorecen sus posiciones erróneas, no vacilará en propugnarlas, pero cuando está en presencia de aquellos que él sabe que conocen bien las Escrituras, a menudo las guarda para sí mismo. Segundo, considerando que el falso maestro una vez fue entendido fácilmente y conocido por la claridad con que enseñó, ahora él ha comenzado a hablar o escribir en términos vagos que emplean un “vocabulario nuevo” de su propia creación. Ha llegado a ser un personaje como-camaleón, capaz de vacilar entre la verdad y el error cuando le place. Tercero, cuando la naturaleza real de un falso maestro llega a ser cada vez más evidente, él llega a ser más abierto con sus enseñanzas. Se relaciona con aquellos con quienes, en el pasado, nunca habría tenido una asociación. Otros que son bien conocidos por sus enseñanzas falsas de repente le consideran como un aliado. Cuarto, cuando más cristianos fieles se levantan contra el falso maestro, él les describe como alborotadores quienes son barómetros inestables de la real atmósfera espiritual. Les acusa de ser paranoicos, intolerantes, sin amor, constreñidos de las tradiciones, estancadas, seudo-cristianos cazadores de brujas que no poseen un amor real para el Señor o Su Palabra. Les insta a prescindir de su legalismo farisaico, y a cubrirse con un espíritu “de paz” que permita a los cristianos el derecho de “estar o no estar de acuerdo” en cuanto a las doctrinas bíblicas fundamentales, dando como resultado el concepto mal nombrado de “la unidad en diversificación”.
Cuando Santiago escribió su epístola del Nuevo Testamento, advirtió: “no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Santiago 3:1). Es un pensamiento verdaderamente sensato el saber que aquellos de nosotros que enseñamos la Palabra de Dios un día daremos cuenta estrictamente de cómo, y qué hemos enseñado. Por consiguiente, nuestras enseñanzas deben estar diseñadas para hacer por lo menos tres cosas. Primero, deben presentar al pecador con el Evangelio puro y no adulterado con la esperanza de que él lo oiga, lo crea, y así sea salvo de su estado perdido (Lucas 13:3; Romanos 3:23; 6:23). Segundo, las cosas que enseñamos, públicamente o en privado, deben preparar a los cristianos para una madurez mayor en la fe para que puedan llegar también a ser maestros (Hebreos 5:12). Tercero, nuestras enseñanzas deben edificar a la iglesia para que si viene el tiempo cuando ciertos santos “no sufrirán la sana doctrina” (2 Timoteo 4:3,4), habrán aquellos bien cimentados en la verdad que puedan combatir el error y contender “ardientemente por la fe” (Judas 3).
Ciertamente, aquellos de nosotros que enseñamos llevamos una responsabilidad pesada (Ezequiel 33:7-9; Santiago 3:1). Pero si hacemos nuestro trabajo apropiadamente, recibiremos del Señor una “corona de vida” (Apocalipsis 2:10). Es igualmente importante el hecho de que si aquellos a quienes enseñamos aceptan y obedecen la Palabra de Dios, también gozarán de un hogar en el Cielo, y habremos salvado un alma de la muerte (Ezequiel 33:14-16). La responsabilidad puede ser pesada, pero el premio está en acorde con la tarea.
REFERENCIAS
Duncan, Bobby (1983), “Error Which Does and Does Not Condemn,” Words of Truth, 19[20]:2.
Gibson, Steve (1990), “Some Common Questions About False Teachers,” The Restorer, 10[11/12]:17-20.
Jackson, Wayne (1990), “Defending the Faith with a Broken Sword,” Christian Courier, 26[1]:1-2.
Miller, David L. (1987), “Anatomy of a False Teacher,” The Restorer, 7[2]:2-3.
Derechos de autor © 2005 Apologetics Press, Inc. Todos los derechos están reservados.
Estamos complacidos de conceder permiso para que los artículos en la sección de "Temas Prácticos" sean reproducidos en su totalidad, siempre y cuando las siguientes estipulaciones sean observadas: (1) Apologetics Press debe ser designada como la editorial original; (2) la página Web URL específica de Apologetics Press debe ser anotada; (3) el nombre del autor debe permanecer adjunto a los materiales; (4) cualquier referencia, notas al pie de página, o notas finales que acompañan al artículo deben ser incluidas a cualquier reproducción escrita del artículo; (5) las alteraciones de cualquier clase están estrictamente prohibidas (e.g., las fotografías, tablas, gráficos, citas, etc. deben ser reproducidos exactamente como aparecen en el original); (6) la adaptación del material escrito (e.g., publicar un artículo en varias partes) está permitida, siempre y cuando lo completo del material sea hecho disponible, sin editar, en una extensión de tiempo razonable; (7) los artículos, en totalidad o en parte, no deben ser ofrecidos en venta o incluidos en artículos para venta; y (8) los artículos no deben ser reproducidos en forma electrónica para exponerlos en páginas Web (aunque los enlaces a los artículos en la página Web de Apologetics Press están permitidos).
Para catálogos, muestras, o información adicional, contacte:
Apologetics Press
230 Landmark Drive
Montgomery, Alabama 36117
U.S.A.
Phone (334) 272-8558
http://www.apologeticspress.org