Durante el periodo de un año, cientos de cartas han llegado a mi buzón. Algunas llegan de parte de evolucionistas (o de aquellos que simpatizan con ellos), quienes escriben para objetar las declaraciones que he hecho en conferencias o en publicaciones. Algunas son de amigos, quienes escriben para ofrecer una palabra de ánimo. Algunas son de estudiantes, quienes escriben para obtener materiales que puedan utilizar en la preparación de un escrito trimestral, un discurso, o un debate. Y algunas son de gente cuya fe está flaqueando porque fue atacada por la incredulidad y está en peligro de colapso eminente.
Este artículo trata de la carta de un joven en la última categoría. Un programa postuniversitario en ciencias de una universidad del estado había guiado a este estudiante cristiano a estudiar bajo un hombre que él calificó como “un gigante en su campo” quien era “brillante como una lumbrera...y un evolucionista devoto”. En su carta, el estudiante dijo:
[...]el trabajar tan cerca a alguien que piensa como él lo hace está comenzando a causar no poca disonancia cognitiva en mi misma mente con respecto a la evolución en contra de la creación especial. Yo realmente necesito la ayuda suya, tanto como un cristiano y como un científico, para ver claramente que es esto. Cientos de miles de científicos no pueden estar equivocados, ¿o pueden? La validación consensual no puede ser puesta a un lado en la ciencia. ¿Cómo pueden tantas personas seguir una bandera sin que nadie la cargue, y sin que nadie se de cuenta? El número de científicos creacionistas palidece en comparación... ¡yo no quiero ser un necio!
Este joven escritor expresó lo que varias personas han experimentado, pero son incapaces de enunciarlo tan elocuentemente. No es raro encontrar a aquellos que una vez sabían lo que creían y por qué lo creían, pero que ahora están terriblemente confundidos. “Disonancia cognitiva” es la frase que describe la lucha interna que uno experimenta cuando es presentado con información nueva que contradice lo que él cree como verdad. Mientras que éste lucha por consistencia, tiene que cambiar lo que cree o despreciar la información nueva. Este joven cristiano—que una vez conocía lo que creía y por qué creía—no conocía más ni el uno ni el otro. Él declaró: “Soy un joven confundido con algunas preguntas serias acerca de mi mente, mi fe, y mi Dios. Por favor, ayúdeme a aclarar estas preguntas...”.
No obstante, había dos cosas que él sí sabía. Primero, él admitió que las creencias que una vez sostenía eran inconsistentes con las que le estaban siendo enseñadas. Segundo, reconoció que si aceptaba estas nuevas enseñanzas, no solamente sus creencias sino también sus acciones serían inconsistentes con su cristianismo. Su súplica—“ayúdeme a aclarar estas preguntas”—ha resonado miles de veces a través de los siglos de parte de aquellos que languidecen en “disonancia cognitiva” que resulta del reemplazar la sabiduría de Dios con la sabiduría del hombre. ¿Qué respuesta podría dar al joven?
No hay duda que es verdad que “la mayoría de científicos” acepta la evolución orgánica. El co-descubridor de la molécula de ADN, James Watson, una vez dijo: “Hoy la teoría de la evolución es un hecho aceptado por todos excepto por una minoría fundamentalista” (1987, p. 2.). Un libro de texto universitario—muy utilizado por casi dos décadas—comenzaba con estas palabras: “La evolución orgánica es el mayor principio en la biología. Sus implicaciones se extienden más allá de los confines de la ciencia, ramificándose en todas las fases de la vida y la actividad humana. Por consiguiente, el entendimiento de la evolución debe ser una parte del equipo intelectual de todas las personas educadas” (Moody, 1962, p. 1x). El evolucionista Douglas J. Futuyma sugirió:
El factor que la evolución ha ocurrido—que los diversos organismos han descendido de antepasados comunes en la historia de la modificación y la divergencia—es aceptado como un hecho por casi todos los biólogos... La realidad histórica de la evolución es dudada mayormente por los creacionistas, principalmente por motivos doctrinarios de la religión (1987, 96[3]:34).
Esta clase de diatriba—que la evolución es un “hecho” aceptado por “todas las personas educadas” excepto por una “minoría fundamentalista”—puede tener un impacto devastador en las mentes influenciables de los jóvenes. Por tanto, se debe hacer dos preguntas. Primero, ¿por qué tantos científicos creen en la evolución? Segundo, ¿están en lo correcto al hacerlo; es decir, es la “validación consensual” razón suficiente para conseguir algo a favor de la evolución orgánica?
¿Por Qué Tantos Científicos Creen en la Evolución?Hay una serie de razones que pueden ser ofrecidas para explicar por qué la creencia en la evolución es popular, pero dos parecen ser especialmente oportunas aquí. Primero, para aquellos que no creen en un Creador, la evolución es la única opción que permanece. Henry Fairfield Osborn, uno de los evolucionistas más famosos a comienzos del siglo veinte, comentó: “En verdad, desde las etapas más tempranas del pensamiento griego, el hombre ha estado ansioso por descubrir alguna causa natural de la evolución, y abandonar la idea de la intervención sobrenatural en el orden de la naturaleza” (1917, p. ix). El evolucionista británico Don Arthur Keith una vez remarcó: “La evolución es improbada e improbable. Nosotros la creemos porque la única alternativa es la creación especial, y eso es inconcebible” (como citado en Criswell, 1972, p. 73). D.M.S. Watson, quien mantuvo la posición del Asiento de la Evolución en la Universidad de Londres por más de veinte años, repitió los mismos sentimientos cuando declaró: “La evolución por sí misma es aceptada por zoólogos, no porque haya sido observada que pasó, o porque pueda ser probada por la evidencia lógicamente coherente como verdadera, sino porque la única alternativa, la creación especial, es increíble” (1929, 123:233). Como el creacionista Henry Morris ha anotado: “La evolución es la manera natural de explicar el origen de las cosas para aquellos que no conocen y reconocen al Dios verdadero de la creación. De hecho, alguna clase de evolución es absolutamente necesaria para aquellos que rechazan a Dios” (1966, p. 98).
Segundo, puede ser que “[...]la razón principal por la cual la mayoría de gente educada cree en la evolución es simplemente porque se les ha dicho que la mayoría de gente educada cree en la evolución” (Morris, 1974, p. 26). Mucha gente, incluso científicos, caen dentro de esta categoría. Durante el siglo pasado, la evolución ha sido enseñada desde el jardín infantil hasta la escuela para graduados como un hecho que “todos los científicos de reputación creen”. Por consiguiente, la gente a menudo cree que si ellos mismos también quieren ser “educados”, entonces el requisito es que crean en la evolución. Pero con toda seguridad ¿dónde consiguieron su educación los profesores de los estudiantes postuniversitarios? Sin duda, a los pies de los evolucionistas. Y a su vez ¿dónde recibieron los evolucionistas su educación? A los pies de otros evolucionistas. Entonces, el círculo vicioso sigue incólume.
¿Están en lo Correcto “los Cientos y Miles de Científicos”?El estudiante postuniversitario preguntó: “Miles de científicos no pueden estar equivocados, ¿o pueden?”. Esta pregunta puede ser abordada como sigue. Primero, cualquier argumento que esté basado sobre la “cuenta de cabezas” es engañoso. Los profesores de filosofía instruyen cuidadosamente a sus estudiantes acerca de las falacias del pensamiento humano, una de las cuales es la “falacia del consenso”. En su libro, Fundamentals of Critical Thinking (Fundamentos del Pensamiento Crítico), el filósofo ateo Paul Ricci trató el “argumento del consenso,” y explicó su naturaleza errónea (1986, p. 175). Sin embargo, curiosamente en las páginas anteriores a su análisis, Ricci ofreció lo siguiente como prueba de la evolución: “La fiabilidad de la evolución no sólo como una teoría sino como un principio de entendimiento no es refutada por la vasta mayoría de biólogos, geólogos, astrónomos, y otros científicos” (1986, p. 172, énfasis añadido).
El Sr. Ricci cayó víctima de la misma falacia de la cual trató de advertir a sus lectores—la verdad no está determinada por la opinión popular o el voto mayoritario. Una cosa puede ser (y a menudo es) verdad incluso cuando es aceptada solamente por una pequeña minoría. La historia de la ciencia está repleta con tales ejemplos. El médico de Gran Bretaña Edward Jenner (1749-1823) fue desdeñado cuando sugirió que había producido una vacuna antivariólica al infectar a personas con una cepa menos virulenta del organismo que causa la enfermedad. Después, él vivió como un hombre cuya reputación fue mancillada. No obstante, su vacuna ayudó a la Organización de Salud Mundial a erradicar la viruela. Ignaz Semmelweis (1815-1865) de Austria es otro caso interesante de estudio. Como cirujano, notó el índice altísimo de mortalidad entre pacientes, y sugirió que las muertes fueron el resultado de que los cirujanos no lavaban sus manos ni sus instrumentos entre pacientes. El Dr. Semmelweis les pidió hacerlo, pero ellos se burlaron de él. Hoy, las soluciones presentadas por este noble doctor son la base para las técnicas antisépticas en la cirugía de socorrismo.
A menudo, los logros científicos han ocurrido porque los investigadores se rebelaron contra el statu quo. A veces la validación consensual debe ser dejada a un lado por el bien de la verdad. Si no es dejada a un lado, aquellos de entre nosotros que trabajamos en la ciencia llegaremos a ser nada más que científicos “cortadores-de-galletas” apurándonos a calzar dentro de un molde predeterminado. Darrell Huff observó correctamente: “La gente puede estar equivocada en masa, exactamente como puede estar equivocada individuadamente” (1959, p. 122). Si algo es verdadero, el declararlo un millón de veces no lo hace más verdadero. Similarmente, si algo es falso, el declararlo un millón de veces no lo hace verdadero. Y el prestigio del defensor de la posición no tiene nada que ver con el hecho que el factor sea verdadero o falso. Es incorrecto (para usar solo un ejemplo) sugerir que porque un ganador del premio Nobel dice algo, esto es verdadero por definición. Si este fuera el caso, cuando el ganador del premio Nobel W.B. Shockley sugirió que las mujeres de gran inteligencia deben ser inseminadas artificialmente utilizando espermatozoide de los ganadores del premio Nobel a fin de producir hijos superinteligentes, el mundo debería haber aceptado su sugerencia. Desde luego, tal idea estaba basada en nada más que los sueños narcisistas de un ego excesivamente ampuloso. Como Taylor ha comentado: “El estatus en el campo de la ciencia no es una garantía de la verdad” (1984, p. 226). El conocimiento factual no está basado sobre: (a) el número de gente que sostiene la afirmación; o (b) la importancia de aquel o aquellos que hacen esa afirmación.
Segundo, la idea de objetividad estricta en la ciencia es un mito. Aunque a los científicos les gusta pensar de sí mismos como modelos de virtudes tolerantes e imparciales, lo cierto es que ellos también, ocasionalmente, sufren de ataque de prejuicio, fanatismo, y presunción. Otro ganador del premio Nobel, James Watson, remarcó muy claramente: “En contraste al concepto popular que es sostenido por los periódicos y las madres de los científicos, un número considerable de científicos no son solamente intolerantes y lerdos, sino también francamente tontos” (1968, p. 14).
La historia provee un ejemplo triste pero instructivo de cómo los científicos a veces tratan a sus colegas cuando la “validación consensual” es amenazada. Immanuel Velikovsky fue un médico, y un erudito en una manera singular. También fue un “catastrofista evolucionista” (muy raro en la comunidad evolutiva). El Dr. Velikovsky creyó, entre otras cosas, que los milagros descritos en la Biblia realmente ocurrieron, pero que tenían explicaciones puramente naturales. Sus libros (Earth in Upheaval—Tierra en Agitación, Worlds in Collision—Mundos en Colisión, Ages in Chaos—Eras en Caos, y otros) desafiaron mucho el pensamiento evolutivo y causaron reacciones de proporciones globales en la comunidad científica. La controversia subsiguiente no fue un espectáculo muy agradable (vid. de Grazia, 1966; Talbott, 1976). En su libro, Velikovsky Reconsidered (Velikovsky Reconsiderado), los directores de la revista Pensée ofrecieron la siguiente explicación de lo que ocurrió en este caso:
La campaña de científicos profesionales en contra de Worlds in Collision (Mundos en Colisión) comenzó mucho antes de que el libro apareciera. Harlow Shapley, probablemente el astrónomo [norte]americano vivo mejor-conocido hoy en día, dirigió una tentativa enérgica para parar la editorial, Macmillan, en su publicación del libro. Él organizó denuncias en contra del libro, incluso antes de su aparición, por un astrónomo, un geólogo, y un arqueólogo, en una revista erudita. Ninguno de ellos había leído el libro. Cuando éste apareció, otra vez fueron arregladas algunas reseñas denunciatorias, en varios casos, por profesores que alardeaban de nunca haber leído el libro (Talbott, 1976, p.38).
Velikovsky fue excluido del acceso a revistas eruditas para sus respuestas. Sin embargo, no estando satisfechos, Shapley y otros se pusieron a trabajar en el “círculo de viejos amigos”. Forzaron el despido del director principal de Macmillan quien era el responsable por la aceptación del texto de Velikovsky. (Él había trabajado con la compañía por veinticinco años). Incluso causaron que despidieran al director del famoso Planetario Hayden en la cuidad de New York porque propuso tomar a Velikovsky tan en serio como para montar una exposición sobre sus teorías.
...El proceso así comenzado no paró [...]muchas “refutaciones” de la teoría de Velikovsky han aparecido en publicaciones, algunas de gente muy famosa... Algunas de éstas son principalmente remarcables por deshonestidad o incompetencia. Citan incorrectamente el texto que están criticando. Distorsionan intencionalmente la teoría propuesta por Velikovsky. Y, están repletas con errores de hecho y teoría (Talbott, 1976, pp. 38, 39).
Finalmente, Macmillan estuvo forzado a transferir el trabajo de Velikovsky a su competidor, Doubleday, el cual no tenía una división para libros de texto y por eso no fue sometido al chantaje que Shapley y sus compañeros evolucionistas estaban perpetrando. Todo el affaire sórdido fue hecho público en el último libro del Dr. Velikovsky, Stargazers and Gravediggers (Astrólogos y Sepultureros), publicado póstumamente a petición suya.
El trato a Velikovsky fue escandaloso, y permanece como una fuente de vergüenza para cada científico. Se alega que la ciencia es auto-probativa y auto-correctiva. Incluso las opiniones no-ortodoxas supuestamente son bienvenidas, ya que cuando son probadas, serán descartadas si son incorrectas. Pero el negar a alguien el derecho de proponer una teoría no es ciencia—es fanatismo. Aunque yo como científico ciertamente no comparto la mayoría de ideas de Velikovsky, me deleito en el hecho de que la ciencia tiene lugar en sus métodos y procedimientos de investigación para incluso el opositor más improbable de una teoría.
El magnate de prensa, William Randolph Hurst Jr. una vez escribió acerca de la presión de “las ideas de moda...las cuales están propuestas con tal fuerza que el sentido común llega a ser la victima”. Él observó que una persona bajo tal presión luego puede actuar “con una irracionalidad que es casi increíble” (1971, p. A-4). Esto es exactamente lo que pasó en el caso de Jenner, Semmelweis, y Velikovsky—y la lista puede ser extendida con facilidad. El sentido común llegó a ser la víctima, y la gente actuó irracionalmente. ¿Estuvieron “los científicos” en la mayoría? Efectivamente. ¿Estuvieron equivocados? Sí. Algo no llega a ser correcto solamente porque “miles de científicos” lo crean.
Cristo, en Su hermoso “Sermón del Monte,” advirtió que “estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:14). En el fondo la mayoría abandonará la sabiduría de Dios en favor de la suya. Moisés mandó a los israelitas: “No seguirás a los muchos para hacer mal” (Éxodo 23:2). Concerniente a este pasaje, Guy N. Woods observó que este mandamiento divino
...fue diseñado para guardar a la gente del Señor de las influencias corruptas de un ambiente malo, tal como de los atractivos poderosos de la psicología del populacho a los cuales muchos de cualquier generación sucumben...
El hombre, por naturaleza, es un ser social y sociable, propenso a acudir o a congregarse con otros de su clase... El hombre puede, y a menudo, se imbuye de las características malas de aquellos que le rodean tan fácilmente, y a menudo más que de las buenas (1982, 124[1]:2).
Sí, existen “miles de científicos” que rechazan el informe bíblico de la creación. Pero, como Woods ha anotado, “Es peligroso seguir a la multitud porque la mayoría casi siempre está en el lado equivocado en este mundo” (1982, p. 2, énfasis añadido). La “sabiduría” con la cual somos impresionados no es siempre la sabiduría con la cual debemos ser impresionados. Pablo dijo a los cristianos corintios:
Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación (1 Corintios 1:19-21).
No debe ser sorprendente que varias personas “inteligentes” vean la creencia en la creación o el cristianismo como una explicación del necio. Pablo mismo comentó que, “no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:26,27). Los más inteligentes a veces son los menos interesados en los asuntos espirituales porque “el dios de este siglo” (2 Corintios 4:3,4) cegó sus mentes para que no puedan ver la verdad. Ignoran el hecho de que “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Proverbios 1:7). No debemos llegar a ser presas de la psicología del populacho—la idea que surgiere que ya que “todos están haciéndolo”, eso de alguna manera lo hace correcto. Ni debemos creer que “la ciencia” provea las respuestas a todas las preguntas imaginables.
Tratar a la ciencia como un sustituto secular para Dios no es solamente ingenuo, esto es idolatría... La ciencia y la tecnología son las actividades de personas imperfectas. Las tendencias del emplear mal y explotar para el beneficio personal operan aquí tanto como en todos los otros campos de la vida. Aunque la respuesta al abuso no es el desuso, sino el uso responsable (Poole, 1990, p. 126).
El estudiante dijo, “no quiero ser un necio”. Fue una alegría decirle que no tenía que soportar tal consideración, ya que “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmos 14:1). No necesitamos ser intimidados por el seudo-intelectualismo de quienes se estiman mucho más de lo que estiman a su Creador. Lucy, el personaje del dibujo animado americano “Peanuts”, estaba en lo correcto cuando decía a Charlie Brown, “Tú no estás en lo correcto; ¡tú solamente pareces estar en lo correcto!”. A veces, necesitamos enfocarnos en estos asuntos y recordar que es más importante estudiar y someterse a la Palabra de Dios que ser capaz de explicar la física cuántica. Una de estas “permanece para siempre” (Isaías 40:8); la otra perecerá. Una de las preguntas del estudiante fue: “Entonces, ¿cómo podemos competir?”. Francamente, pueden existir momentos cuando no podamos. Nosotros corremos una carrera diferente que es gobernada por reglas diferentes. Aunque el mundo no nos considere en absoluto, el único Quien nos juzgará finalmente nos considerará como “hijos de adopción,” y “herederos del reino”. Entonces, ¿quién habrá actuado el papel de necio?
de Grazia, Alfred, R. Juergens and L. Stecchini, eds. (1966), The Velikovsky Affair (Hyde Park, NY: University Books).
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