En 1967, Desmond Morris, un zoologista inglés y conservador de mamíferos en la Sociedad Zoológica de Londres, escribió un libro titulado The Naked Ape (El Simio Desnudo) que llegó a ser superventa de la noche a la mañana. El libro fue extractado por la revista Life, condensado por Reader’s Digest, y vendió medio millón de copias en pocos meses. El libro de Morris comenzó en la siguiente manera. “Existen ciento noventa y tres especies vivas de monos y simios. Ciento noventa y dos de estos están cubiertos de pelo. La excepción es un simio desnudo auto-denominado Homo sapiens”.
En la controversia creación/evolución, los creacionistas a veces señalan la reclamación de los evolucionistas de que el hombre descendió de los simios. Algunos evolucionistas se alarman en vista de tal enunciado, clamando: “Nosotros nunca hemos enseñado que el hombre vino de los monos. En cambio, sugerimos que tanto el hombre y los monos descendieron de un antepasado común”. Dos cosas pueden ser dichas concernientes a esta reclamación. Primero, tiene poquísima diferencia que una persona crea que un simio es su “padre” o su “primo”; los dos son igualmente degradantes. Segundo, sin embargo, la negación del evolucionista es falsa. Numerosos evolucionistas se han jactado de su origen “símico”. El fallecido George Gaylord Simpson, ex profesor de paleontología en la Universidad de Harvard, escribió:
Sobre este tema, por cierto, ha habido demasiada indecisión. Los apologistas enfatizan que el hombre no puede ser descendiente de algún simio vivo—un enunciado que es obvio al punto de la imbecilidad—y continúan para declarar o implicar que el hombre no es realmente descendiente de un simio o mono en absoluto, sino de un antepasado común más antiguo. De hecho el antepasado más antiguo sería ciertamente llamado un simio o mono en lenguaje popular por cualquiera que lo viera. Ya que los términos simio y mono son definidos por uso popular, los antepasados del hombre serían simios o monos (o sucesivamente ambos). Es pusilánime [cobarde—WJ] si no deshonesto para un investigador informado decir de otra manera (1964, p. 12).
O, note esto del ganador del premio Nobel H.J. Muller:
Está de moda en algunos círculos el referirse difamadamente a la inferencia de que los simios fueron ancestros del hombre, e insinuar que es más apropiado decir que los hombres y los simios, quizás incluso los hombres, simios, y monos, divergieron mucho tiempo atrás de una forma madre que fue más primitiva que cualquiera de estos. Esto es simplemente pensamiento melancólico de parte de aquellos que se ofenden por una visualización demasiada intensa de su origen humilde y de sus relaciones pobres del tiempo presente (1957, p. 250).
El profesor Jay M. Savage, biólogo en la Universidad de California del Sur, escribió:
...el material fósil de simios, hombres-simios, y hombres han [sic] sido reunido por una variedad de fuentes, y tanto la evidencia acumulativa y los hallazgos recientes inequívocamente apoyan la teoría de los orígenes humanos de los simios superiores (1965, p. 110).
El evolucionista Loren Eiseley declaró concerniente al hombre: “Una vez él fue considerado un ángel caído; luego nosotros descubrimos que es un simio ascendido...” (1962, p. 4).
A pesar de las reclamaciones evolutivas, la evidencia incluso no indica remotamente una relación familiar entre los seres humanos y los simios. Pero alguien probablemente preguntará: “¿no existen algunas similitudes obvias entre los simios y los humanos?”. Si, lo hay—exactamente como existen numerosas “semejanzas” entre una gran variedad de cosas vivas. Esto es simplemente una de las evidencias firmes del genio creativo del Grandioso Diseñador (Dios) Quien formó el mundo maravilloso de criaturas vivientes para habitar el mismo ambiente general, el planeta Tierra. No obstante, lo similar no prueba un “antepasado común”, y tal aseveración es una falacia y lógica atroz.
Existe un abismo vasto de diferencias—físicas, intelectuales, psicológicas, sociales, etc.—entre la humanidad y los primates inferiores, y ¡ninguna teoría de la evolución puede puentearlo! Vamos a considerar algo de estos asuntos.
La morfología es la rama de la biología que trata con la forma y estructura de las plantas y animales. Los científicos son muy conscientes de las numerosas diferencias morfológicas entre los seres humanos y los simios. Note las siguientes variaciones importantes.
(1) El hombre (y solamente el hombre) camina erguido; los simios y los monos no lo hacen. John Klotz ha observado:
La imagen que muchos tienen del simio fuerte que camina erguido a través de la jungla rugiendo, golpeándose el pecho, y desgarrando árboles por sus raíces es incorrecta. Ordinariamente un simio toma por lo mucho solamente pocos pasos en dos piernas y luego vuelve a todas las cuatro. A veces parece que está andando erguido a causa de sus brazos largos. Estos son tan largos que alcanzan el suelo cuando él asume una posición ligeramente inclinada (1961, pp. 127-128).
(2) El eje de la cabeza humana (nuestra línea de mirada) está a un ángulo recto del eje de nuestro cuerpo, por ende acomoda nuestra locomoción en una posición erguida (en dos piernas). No obstante, en el simio la línea de mirada es paralela con el eje del tronco, facilitando la característica del movimiento “en cuatro”.
(3) Los simios tienen dedos del pie opuestos entre sí (diseñados para asir ramas y manipular comida), mientras que los humanos no. Dicho sea de paso, si el panorama evolutivo fuera verdad, ¿no hubiera sido retenida esta característica como una ventaja de supervivencia?
(4) El hombre tiene un cráneo grande abovedado. Los simios tienen un cráneo aplanado. El cráneo del simio alcanza el 70% de su tamaño final dentro de la matriz, mientras que el cerebro humano hace el 75% de su crecimiento fuera de la matriz, por ende sugiriendo una relación entre la maduración y el aprendizaje, como opuesto al instinto básico.
(5) La nariz humana tiene un caballete prominente; la del simio no lo tiene. El hombre tiene labios rojos formados por una ondulación hacia afuera de la membrana mucosa que reviste el interior de la boca; los simios no poseen esta característica.
(6) El arco dental del hombre es parabólico, mientras que el del simio tiene la forma de U. Además, el canino del simio sobresale; el del hombre no.
(7) La columna vertebral del hombre tiene dos curvas; la columna vertebral en el simio tiene tres. Además, el hombre tiene espina neural corta en su vértebra cervical, mientras que las espinas neurales del simio son largas.
(8) El hombre tiene brazos relativamente cortos. El simio tiene brazos relativamente largos.
(9) En la hembra humana, los pechos son prominentes; en los simios son aplanados. Adicionalmente, en la mujer el canal vaginal está colocado más “hacia adelante”, acomodando por ende la cópula cara-a-cara (con implicaciones emocionales obvias), mientras que en los simios la colocación es más para atrás. También los simios hembras tienen una temporada de “pasión”, mientras que las hembras humanas tienen la habilidad de ser sexualmente receptivas continuamente.
(10) Los humanos tienen una pelvis en forma de tazón, pero los simios tienen una pelvis poco profunda y aplanada. Los humanos también tienen un glúteo máximo abultado (nalgas) [diseñado para sentarse], mientras que en el simio es aplanado.
(11) El hombre no tiene pelo relativamente, y el pelo de su cuerpo que sí tiene es prominente sobre su superficie ventral (frente), mientras que el simio es muy peludo, siendo su pelo más dominante en su superficie dorsal (espalda).
(12) El hombre tiene el peso mayor al nacimiento en relación a su peso adulto, aunque al nacimiento exhibe el menor grado de maduración. Él es la criatura más indefensa de todas (sugiriendo, con implicaciones sociológicas, que él fue diseñado para ser parte de una unidad familiar cariñosa).
Adicionalmente a la muestra anterior de las diferencias físicas, existe un abismo más grande entre los humanos y simios desde una posición psicológica estratégica (el término “psicológico” es usado para una variedad amplia de temas). Considere lo siguiente:
(1) El hombre posee lo que es llamado la “consciencia reflexiva”. Él sabe que “existe”, y ¡sabe que lo sabe! Esto provee la capacidad de la consciencia humana para la auto-reflexión—la habilidad de la mente de mirar hacia adentro, para admirarse y contemplar. Ningún simio tiene esta auto-consciencia.
(2) Los humanos tienen la habilidad de reflexionar acerca de su pasado y estudiar sus orígenes, por consecuencia, de especular acerca de la vida y su propósito. Ningún simio alguna vez inventó la “teoría de la evolución” (en un intento por escapar de la responsabilidad moral y espiritual que debe a su Creador). ¡Ningún simio alguna vez escribió o leyó un libro de historia—o alguna vez consideró alguno!
(3) La humanidad tiene la capacidad de establecer metas, planes para el futuro, y luego trabajar para cumplir con esas aspiraciones. Los simios no la tienen. Ellos no tienen esperanza más allá de la vida ni temor a la tumba. Estos, como toda bestia brutal, viven solo para el presente. El hombre tiene un anhelo por la eternidad.
(4) Aunque los simios pueden ser “entrenados”, ellos no pueden ser “educados” en el verdadero sentido del término. Se les puede enseñar a responder a las “señales” como en el caso del chimpancé Washoe, a quien se le enseñó el Lenguaje Americano de Señas, pero ellos no pueden comunicar “ideas” de manera significativa o conceptos abstractos a otras personas y así gozar de una comunicación mental verdadera. Por otro lado, los seres humanos pueden comunicarse tanto oralmente y en escrito, empleando “símbolos” reales en la transferencia de información. Debería notarse en esta conexión que existe una gran diferencia entre “signos” (como los que una persona puede usar para entrenar a un perro, caballo, ave, o chimpancé) y un “símbolo”. Un solo ejemplo de la diferencia será suficiente. Un “signo” simplemente comunica, del operador al sujeto, el mensaje de que el sujeto debe hacer o no hacer algo, mientras que un “símbolo” (e.g., palabras orales o escritas) instruye al sujeto concerniente a cómo lograr una tarea, y tal vez incluso por qué necesita ser hecha.
Considere también la manera en que los animales y los humanos “piensan”. Los animales son capaces solamente del pensamiento perceptivo, mientras que los humanos son capaces de pensar conceptualmente. El pensamiento perceptivo, que es típico del comportamiento animal, requiere la presencia real o casi inmediata de los objetos pertinentes, mientras que el pensamiento conceptual no lo requiere. El pensamiento conceptual es independiente de los objetos.
Los animales no pueden razonar o hacer juicios. Ellos no son capaces de concluir que tal es, o no es el caso en una situación dada. Ningún simio puede razonar: Si tal es el caso, entonces así es, o así no es. La pregunta no es, ¿pueden los animales “pensar”? El punto es: ¿pueden los animales pensar en la manera que los humanos lo hacen? Y ¡ellos no pueden! Interesantemente, no existe explicación evolutiva lógica para esto (vea Moore, 1983, pp. 341 et.seq.).
(5) El hombre puede acumular conocimiento a través de los siglos; él puede construir sobre los logros educacionales de la antigüedad. No obstante, los simios tienen los mismos instintos básicos de sus predecesores; ¡un simio del siglo veinte no tiene una reserva más grande de “conocimientos” que un simio de dos mil años atrás!
(6) Existe una diferencia amplia entre los humanos y los primates inferiores en el reino de lo estético. Los seres humanos pueden escribir poesía, crear pinturas magistrales, componer sinfonías, y disfrutar teatro fino. Un simio no puede hacer ninguna de las cosas mencionadas, ni tiene el menor interés en tales cosas. Si la evolución es verdadera, ¿por qué estas capacidades artísticas evolucionaron solamente en el hombre? Estas no tienen factores de “supervivencia” hasta donde podemos determinar.
Los simios no tienen ningún sentido de estética personal. ¡Ellos nunca intentan “arreglarse a sí mismos” para el sexo opuesto! Yo digo esto a pesar del hecho de que uno de mis profesores de biología de la universidad intentara explicar la ausencia del pelo del cuerpo en los humanos sobre el fundamento de que—mucho tiempo atrás en nuestro pasado primitivo—nuestras “abuelitas monas” notaron que las más desnudas de su especie eran las más atractivas para los machos, y así comenzaron la práctica de arrancarse los pelos. El buen profesor por ende declaró que ¡la práctica moderna femenina de depilarse las cejas es un vestigio de nuestro antiguo pasado! Desde luego tal idea depende en la doctrina antigua de la “herencia-de-características-adquiridas”, que mucho tiempo atrás fue abandonada incluso por los evolucionistas.
(7) El hombre es inventivo; los animales no lo son. Solamente los seres humanos pueden hacer herramientas reales. Jane Goodall, quien trabajo extensamente entre los chimpancés de África, aseveró que los chimpancés son usuarios de herramientas. Esto, presuntamente, estableció un “eslabón” entre el chimpancé y el hombre. Sin embargo, el hecho es que incluso cuando los primates inferiores puedan usar ramitas para husmear insectos de los troncos, etc., esto no involucra la “inventiva”. Esto no requiere el tipo de habilidad intelectual para idear y perfeccionar un instrumento o máquina compleja. Simplemente ¡no existe comparación entre una ramita y una computadora (o incluso un par de alicates)!
(8) Los humanos, no importa cuan “primitivos” y/o pobres puedan ser, tienen un umbral de moralidad. Es decir, tienen una consciencia de que existe tal concepto como la “moralidad”. Lo correcto y lo incorrecto, la verdad y la falsedad, lo que se debe o no se debe hacer, sí existe. Los códigos de moralidad varían frecuentemente, ya que los hombres continúan separándose de la moralidad prescrita por Dios (como es hecha conocida en las Escrituras), no obstante la necesidad de moralidad es reconocida universalmente. Pero éste no es el caso del simio, o algún otro animal. Las bestias no tienen sentido de la ética. Ellos operan en el nivel del instinto y la supervivencia. Y el hecho claro es que, si en realidad los humanos son “simios desnudos”, no existe razón del por qué nosotros no deberíamos actuar en el nivel bruto. Y ¡eso es exactamente lo que muchos que han tragado la propaganda evolutiva están haciendo! Su estilo de vida es consistente con su filosofía. Sin embargo, la mayoría que argumentaría por la teoría de la evolución sobre terrenos teóricos, no se quedaría con las consecuencias prácticas del dogma. Muy en el fondo, ellos saben que no somos animales.
(9) La inclinación religiosa es un rasgo universal y peculiarmente humano. Eso ha sido reconocido por los estudiantes de antropología por milenios. Como un escritor ha señalado, la evidencia indica que “ninguna raza o tribu de hombres, no importa cuan degradada y aparentemente atea, carece de habilidad religiosa que pueda ser avivada y alimentada en una llama enorme” (Dummelow, 1944, p. ci). Se ha dicho que el hombre es incurablemente religioso. Incluso cuando se separa del verdadero Dios, ¡el hombre adora a algo, incluso si esto es solamente un dios de piedra, madera, o en el caso del ateísmo, uno mismo! Pero ningún simio alguna vez construyó un altar, ofreció un sacrificio, pronunció una oración, canto alabanzas al Creador, etc. El hombre es la única criatura incurablemente religiosa sobre la Tierra. ¿Cómo puede algún evolucionista, aunque bien-determinado, explicar esta característica humana peculiar? El impulso religioso humano argumenta a favor de su origen sobrenatural.
La evidencia acumulativa fuerza al investigador honesto a admitir que la ascendencia del hombre no debe ser encontrada en la brutalidad del reino animal. Él debe buscar en algún otro lugar por sus “raíces”. Nosotros sugerimos, como lo hicieron ciertos filósofos griegos antiguos, que somos “linaje Suyo” (Hechos 17:28).
Dummelow, J.R., editor (1944), The One Volume Bible Commentary (New York: Macmillan).
Eiseley, Loren (1962), “The Time of Man,” Horizon, 4[4]:4, March.
Klotz, John (1961), “The Case for Evolution,” Darwin, Evolution, and Creation, ed. Paul A. Zimmerman (St. Louis, MO: Concordia), pp. 104-141.
Moore, John N. (1983), How to Teach Origins (Milford, MI: Mott Media).
Muller, H.J. (1957), “Man’s Place in Living Nature,” Scientific Monthly, 84[5]:245, May.
Savage, Jay M. (1965), Evolution (New York: Holt, Rinehart and Winston).
Simpson, George Gaylord (1964), This View of Life (New York: Harcourt, Brace, & World).
Estamos complacidos de conceder permiso para que los artículos en la sección de "Creación vs. Evolución" sean reproducidos en su totalidad, siempre y cuando las siguientes estipulaciones sean observadas: (1) Apologetics Press debe ser designada como la editorial original; (2) la página Web URL específica de Apologetics Press debe ser anotada; (3) el nombre del autor debe permanecer adjunto a los materiales; (4) cualquier referencia, notas al pie de página, o notas finales que acompañan al artículo deben ser incluidas a cualquier reproducción escrita del artículo; (5) las alteraciones de cualquier clase están estrictamente prohibidas (e.g., las fotografías, tablas, gráficos, citas, etc. deben ser reproducidos exactamente como aparecen en el original); (6) la adaptación del material escrito (e.g., publicar un artículo en varias partes) está permitida, siempre y cuando lo completo del material sea hecho disponible, sin editar, en una extensión de tiempo razonable; (7) los artículos, en totalidad o en parte, no deben ser ofrecidos en venta o incluidos en artículos para venta; y (8) los artículos no deben ser reproducidos en forma electrónica para exponerlos en páginas Web (aunque los enlaces a los artículos en la página Web de Apologetics Press están permitidos).
Para catálogos, muestras, o información adicional, contacte:
Apologetics Press
230 Landmark Drive
Montgomery, Alabama 36117
U.S.A.
Phone (334) 272-8558
http://www.apologeticspress.org