En el principio era la materia, la cual engendró a la ameba, la cual engendró al gusano, el cual engendró al pez, el cual engendró al anfibio, el cual engendró al reptil, el cual engendró al mamífero inferior, el cual engendró al lemúrido, el cual engendró al mono, el cual engendró al hombre, quien imaginó a Dios (Smith, 1928, p. 15).
Esto, de acuerdo a Charles Smith (fundador y primer presidente de la Asociación Americana por el Avance del Ateísmo), es la genealogía del hombre. Aunque los presentadores informativos y maestros de la escuela con frecuencia no declaran abiertamente que el hombre vino de la ameba, esa es la implicación del modelo evolutivo de los orígenes. Por otro lado, el modelo de la creación es mejor resumido por Éxodo 20:11:
Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.
La pregunta es: ¿Cuál modelo es correcto? Ambos no pueden estar en lo correcto, ya que estos están defendiendo conceptos diametralmente opuestos y mutuamente exclusivos. Por ende, ¿cómo podemos saber qué modelo es correcto? ¿Cómo determinamos si algo es correcto o incorrecto? Muy simplemente, examinamos la evidencia. Estas dos explicaciones mutuamente exclusivas para el origen del Universo y de la vida pueden ser examinadas como modelos científicos porque ambas pueden ser usadas para explicar y predecir ciertos hechos científicos. Obviamente, el modelo que cumple el mejor trabajo en explicar/predecir es el mejor modelo científico. Para examinar apropiadamente los dos modelos, cada uno debe ser comparado con los hechos disponibles. Nosotros le invitamos a examinar en particular la evidencia del registro fósil—primero, porque el registro se relaciona generalmente a la controversia creación/evolución, y segundo, porque el registro se relaciona específicamente al asunto de los orígenes humanos.
Mientras que consideramos la evidencia, es esencial saber exactamente qué predicen los modelos de la evolución y la creación para que así las predicciones puedan ser comparadas con la información real. El modelo de la evolución predice que: (a) las rocas “más antiguas” contendrían evidencia de las formas más “primitivas” de vida capaces de fosilización; (b) las rocas “más jóvenes” exhibirían formas de vida más “complejas”; (c) un cambio gradual en los organismos de lo “simple-a-lo-complejo” sería aparente; y (d) las formas transicionales estarían presentes. El mismo Charles Darwin declaró en El Origen de las Especies que “el número de variedades intermedias, las cuales han existido antiguamente, [debe] ser realmente enorme”. No obstante, el llegó a admitir:
Con toda seguridad la geología no revela alguna cadena orgánica minuciosamente clasificada; y esto, tal vez, es la objeción más obvia y más seria que puede ser argumentada en contra de esta teoría. La explicación yace, yo creo, en la imperfección extrema del registro geológico (1956, pp. 292-293).
Esto fue ciertamente un problema para la teoría de Darwin, y todavía permanece siendo un problema para la versión moderna de la evolución. Después de todo, ¿no es un poco ridículo esperar que la gente acepte una teoría científica como verdad cuando sus defensores tienen que explicar por qué mucha de la evidencia crucial falta? Esto sería algo como un abogado que trata un caso de homicidio en un proceso judicial, y que dice en su discurso de apertura: “nosotros sabemos que el acusado es culpable de homicidio, aunque no podemos encontrar un motivo, el arma, el cuerpo, o algún testigo”.
Desde luego, es verdad que el registro fósil es imperfecto. Darwin sugirió una razón para tal imperfección—investigación insuficiente. En 1859 (cuando Darwin escribió su libro), la mayoría de recolección de fósiles había sido hecha en Europa y los Estados Unidos. Sin embargo, después de más de 140 años de trabajo paleontológico, la defensa de Darwin no pudo ser defendida más. De hecho, un geólogo evolucionista, T.N. George de Gran Bretaña, declaró más de cuarenta años atrás: “No existe razón para disculparse nunca más por la pobreza del registro fósil. En algunas formas éste ha llegado a ser casi incontrolablemente rico” (1960, 48[1]:1-5).
Por otro lado, el modelo de la creación predice que: (a) las rocas “más antiguas” no siempre contendrían evidencia de las formas más “primitivas” de vida, y las rocas “más jóvenes” no siempre contendrían evidencia de las formas más “complejas” de vida; (b) no siempre aparecería una progresión de formas de vida de lo “simple-a-lo-complejo”; en cambio, existiría un repentino “estallido” de formas de vida extremadamente diversas y altamente complejas; y (c) existiría una ausencia regular y obvia de fósiles transicionales, ya que no existieron formas transicionales.
Los evolucionistas y los creacionistas sí están de acuerdo en una cosa: Si debe existir alguna evidencia física para la evolución, por necesidad tendría que venir del registro fósil, porque es solamente aquí que la evidencia histórica real de la evolución puede ser localizada. En el pasado, algunos erróneamente pensaron que era dentro del registro de las rocas—“los museos naturales”—que la evolución finalmente sería documentada. Sin embargo, cuanto más hallazgos fueron descubiertos, llegó a ser claro que la evidencia del registro fósil fuertemente se opone a la evolución y fuertemente sostiene la creación.
Primero, considere la predicción del modelo de la evolución de que el registro fósil debería revelar una progresión de formas de vida de lo simple-a-lo-compuesto. Hasta recientemente, un examen del estrato Precámbrico de la tabla de tiempo geológico (la capa más baja de esa tabla de tiempo) mostró evidencia indiscutible de formas fósiles multicelulares, mientras que la capa Cámbrica (la siguiente capa más alta) mostró un repentino “estallido” de formas de vida. En años pasados, éste fue un problema serio y fundamental para la teoría evolutiva. Hoy en día, los evolucionistas sugieren que han encontrado, en la era Precámbrica, animales multicelulares que no tenían armazón o esqueleto. Clasificados colectivamente como el complejo fósil Ediacaran, estos hallazgos incluyen animales que se parecen a las medusas, posiblemente relacionados a los corales, y a los gusanos segmentados. Pero incluso con estos nuevos hallazgos, el problema fundamental para los evolucionistas persiste ya que en la capa Cámbrica encontramos fósiles de muchas diferentes clases de animales, mientras que en las capas debajo de estos fósiles, encontramos solamente unos pocos organismos “como-medusas”. Los evolucionistas proponen que estos organismos deben representar los antepasados de todos los fósiles en el estrato Cámbrico, aun así no hay formas transicionales como para sugerir tal relación. El problema de los “antepasados faltantes” en las rocas Precámbricas es grave como siempre lo fue.
Segundo, si el registro fósil debe ofrecer apoyo para la evolución, debe demostrar una secuencia bien definida de formas intermedias completamente funcionales, por lo que pretendemos decir que ciertas condiciones deben ser reunidas antes de que un organismo (fósil o vivo) pueda ser considerado como una forma intermedia verdadera. Eso significa que nosotros deberíamos ver partes transicionales del cuerpo tales como mitad escamas/mitad plumas, o animales que son algo como mitad reptiles/mitad mamíferos. Sin embargo el registro fósil no satisface las condiciones para alguna forma transicional. El paleontólogo de Harvard Stephen J. Gould ha declarado que la ausencia de etapas intermediarias de fósiles ha permanecido como un “problema persistente y fastidioso para el relato gradualista de la evolución” (1980, p. 127). Efectivamente lo ha sido—y ¡todavía lo es más después de dos décadas que él hizo ese reconocimiento!
El modelo de la creación predice un “estallido” de vida—con plantas y animales completamente formados apareciendo repentinamente en el registro fósil. El modelo de la creación predice una mezcla de formas de vida. El modelo de la creación predice una ausencia sistemática de formas transicionales. La evidencia del registro fósil claramente muestra: (a) vida completamente formada apareciendo repentinamente; (b) una mezcla casi de todas, sino de todas, de la división en el periodo Cámbrico; y (c) una falta obvia de formas transicionales. Hoy en día los evolucionistas con seguridad están en una posición vergonzosa. No pueden encontrar ni las formas transicionales que su teoría demanda, ni el mecanismo para explicar cómo los procesos evolutivos supuestamente ocurrieron. No obstante, los hechos calzan en el modelo de la creación perfectamente.
Tanto los creacionistas como los evolucionistas están de acuerdo que los fósiles existen, y que éstos representan el medio ambiente en el cual una vez vivieron. No obstante, no es el fósil en sí mismo lo que los creacionistas cuestionan, sino la interpretación colocada sobre esos fósiles por los evolucionistas.
Vamos a ser directos acerca de una cosa. De todas las ramas que deben ser encontradas acerca de ese infame “árbol de la vida evolutiva”, la que guía al hombre debería ser la más documentada. Después de todo, ya que la llegada evolutiva más reciente, los fósiles pre-humanos, supuestamente habrían estado expuestos a procesos naturales de descomposición por menos plazo de tiempo, deberían por ende estar mejor preservados y más fáciles de encontrar que cualquier otro. [Considere, por ejemplo, cuántos fósiles de dinosaurios poseemos—y ¡se supone que esos animales existieron hace más de cien millones de años antes del hombre!] En adición, ya que los fósiles homínidos son de mayor interés para el hombre (porque se supone que éstos representan un eslabón directo de su pasado), es seguro decir que más personas han estado buscando por ellos mucho más tiempo que por ningún otro tipo de fósiles. Si existe alguna forma transicional real en algún lugar en el mundo, ésta debería ser documentada más abundantemente en la línea que guía desde el primer primate hacía el hombre moderno. Con seguridad, los fósiles en este campo han recibido más publicidad que en ningún otro. Pero exactamente, ¿qué revela el registro fósil humano? ¿Cuál es su mensaje central? Lyall Watson, escribiendo en la revista Science Digest, declaró sin rodeos:
Los fósiles que decoran nuestro árbol genealógico son tan escasos que hay aun más científicos que especimenes. El hecho remarcable es que toda la evidencia física que tenemos para la evolución humana puede aun ser colocada, con espacio de sobra, dentro de un simple féretro” (1982, p. 44).
Y relativamente pocos fósiles del “árbol genealógico” han sido encontrados desde que este enunciado fue hecho.
Desde luego, el público generalmente no tiene idea de cuán escasa exactamente, y cuán fragmentaria (¡literalmente!), es la “evidencia” para la evolución humana. Además, es prácticamente imposible determinar qué “árbol genealógico” uno debe aceptar. Richard Leakey (de la famosa familia caza-fósiles en África) ha sugerido uno. Su fallecida madre, Mary Leakey, propuso otro. Meave Leakey (la esposa de Richard) ha sugerido todavía otro. Donald Johanson, presidente del Instituto de Orígenes Humanos en Berkeley, California (y el descubridor del famoso fósil conocido como “Lucy”), ha propuesto todavía otro. ¿Cómo, en luz de estos reconocimientos, pueden los científicos evolucionistas posiblemente defender la idea de la evolución simio/humana como un “hecho científicamente probado”?
Aunque es imposible presentar algún panorama de evolución humana, sobre el que incluso los evolucionistas mismos estarían de acuerdo, actualmente el panorama alegado (cosechado de los propios escritos de los evolucionistas) puede presentarse como esto:
Aegiptopitecos zeuxis (28 millones de años atrás)
Driopitecos africanus (20 millones)
Ramapitecos brevirostris (12-15 millones)
Orrorin tugenensis (6 millones)
Ardipitecos ramidus (5.8-4.4 millones)
Keniantropos platyops (3.8 millones de años)
Australopitecos anamensis (3.5 millones)
Australopitecos afarensis (3.4 millones)
Homo habilis (1.5 millón)
Homo erectus (2-0.4 millón)
Homo sapiens (0.3 millón al presente)
Ahora, aquí está lo equivocado con todo esto. Aegiptopitecos zeuxis ha sido llamado por Richard Leakey “el primer simio que surgió del depósito de monos del Antiguo Mundo” (1978, p. 52). No hay controversia en esto; el animal en verdad es un simio. El Driopitecos africanus es (según Leakey) “el depósito del cual todo simio moderno evoluciona” (p. 56). Pero, como los evolucionistas David Pilbeam y Elwyn Simons han señalado, el Driopitecos ya estaba “demasiado comprometido con la “familia de los simios” como para ser el progenitor del hombre (1971, p. 23). No hay controversia en esto; el animal en verdad es un simio. ¿Qué acerca del Ramapitecos? Un trabajo adicional de Pilbeam documentó el hecho que el Ramapitecos no fue un homínido en absoluto, sino simplemente un simio (1982, 295:232). No hay controversia en esto; el animal en verdad es un simio. Entonces, ¿qué diremos de estos tres “antepasados” que forman la raíz principal del árbol genealógico del hombre? Simplemente diremos lo mismo que los evolucionistas han dicho: los tres fueron nada más que simios.
Si los fragmentos del Orrorin tugenensis fueran considerados como un antepasado humano, éste sería anterior a otros candidatos por alrededor de 2 millones de años. David Begun de la Universidad de Toronto ha declarado que los científicos no pueden decir si Orrorin estuvo “sobre la vía a los humanos, la vía a los chimpancés, a un antepasado común de ambos, o solo a una rama lateral extinta” (2001). En 1994, Tim White y sus co-trabajadores describieron una nueva especie conocida como Australopitecos ramidus (re-nombrado un año después como Ardipitecos ramidus), que fue datada en 4.4 millones de años. Sin embargo, el Dr. White finalmente admitió que el A. ramidus no fue un eslabón perdido, pero en cambio tenía numerosos “rasgos como de chimpancé”. Un año después, Meave Leakey describió el Australopitecos anamensis de 3.5-4.2 millones de años de edad, un taxón que porta similitudes asombrosas con el Ardipitecos (un chimpancé de verdad) y Pan (el género real de los chimpancés). En 1997, algunos investigadores descubrieron otra especie de Ardipitecos—A. ramidus kadabba—que fue datada en 5.8-5.2 millones de años de edad. Una vez más, la revista Time circuló una historia de primera plana sobre este presunto “eslabón perdido” (en su edición de julio 23 del 2001). ¿Qué fue lo que convenció a los evolucionistas que Kadabba caminaba derecho y que estaba en la senda para llegar a ser un hombre? ¡Un simple hueso del dedo del pie!
Luego, en la edición de marzo 22 del 2001 de la revista Nature, Meave Leakey y sus co-autores anunciaron el descubrimiento de Keniantropos platyops (“hombre de cara plana de Kenia”). Los autores describieron su hallazgo como “un hueso temporal bien-preservado, dos maxilas parciales, dientes únicos, y lo que es más importante, un cráneo grandemente completo, aunque distorsionado” (410:433, énfasis añadido). Leakey colocó una cantidad tremenda de importancia en lo plano del rasgo facial de este hallazgo. No obstante, este no es un pequeño problema, ya que criaturas más jóvenes que K. platyops (y por ende más cercanos al Homo sapiens) tienen rasgos faciales mucho más pronunciados como de simios. El K. platyops fue datado en 3.8 millones de años, y todavía tiene una cara mucho más plana que cualquier otro homínido de esa edad. Por tanto, el panorama evolutivo parece estar moviéndose en la dirección equivocada.
El Australopitecos afarensis fue descubierto por Donald Johanson en 1974 en Hadar, Etiopía. El Dr. Johanson sostiene que la criatura (conocida como “Lucy”) es el antepasado directo del hombre (vea Johanson, 1981). Sin embargo, numerosos evolucionistas están fuertemente en desacuerdo. Don Solly Zuckerman, el famoso anatomista británico, publicó su punto de vista en su libro, Beyond the Ivory Tower (Más Allá de la Torre Marfil). Él estudió los australopitecinos por más de 15 años y concluyó que si el hombre descendiera de un antepasado como el simio, lo hizo sin dejar un rastro sencillo en el registro fósil (1970, p. 64). Alguien puede decir, “Pero el trabajo de Zuckerman fue realizado antes de que Lucy fuera descubierta”. Correcto, pero eso malentiende el punto. La investigación de Zuckerman—que estableció definitivamente que los australopitecinos fueron nada más que simios caminando sobre sus nudillos—¡fueron hechos sobre fósiles más recientes (i.e., más cercanos al hombre) que Lucy! Si hallazgos más recientes son nada más que simios, ¿cómo un espécimen más antiguo puede ser “más humano”? Para complicar el asunto, en la edición de abril de 1979 de la revista National Geographic, Mary Leakey publicó su reporte del descubrimiento de huellas fosilizadas (de Laetoli, Tanzania) datadas incluso más antiguas que Lucy en 3.6-3.8 millones de años—huellas que ella admitió que fueron “remarcablemente similares a aquellos del hombre moderno” (p. 446). Si Lucy dio origen a los humanos, entonces, ¿cómo pudieron los humanos haber existido más de 500,000 años antes que ésta como para hacer tales huellas? [vea Lubenow, 1992, pp. 45-58 para una refutación detallada de Lucy].
¿Qué acerca del Homo habilis? J.T. Robinson y David Pilbeam hace mucho tiempo atrás han argumentado que el H. habilis es lo mismo que A. africanus. Louis Leakey (el padre de Richard) aun declaró: “Yo sostengo que morfológicamente es casi imposible considerar al Homo habilis como representante de una etapa entre el Australopitecos africanus y el Homo erectus” (1966, 209:1280-1281). El Dr. Leakey luego reportó la existencia contemporánea de fósiles Australopitecos, Homo habilis, y el H. erectus en Olduvai Gorge (vea M.D. Leakey, 1971, 3:272). Aún más sorprendente fue el descubrimiento de Mary Leakey de los restos de una cabaña circular de piedra en el fondo de Bed I en Olduvai Gorge—¡fósiles debajo del H. habilis! Los evolucionistas hace mucho tiempo han atribuido (¡correctamente!) la fabricación deliberada de refugio solo al Homo sapiens, sin embargo el Dr. Leakey descubrió a los australopitecinos y al H. habilis juntos—y ¡con viviendas fabricadas! Esto incitó al creacionista Duane Gish a preguntar:
Si el Australopitecos, Homo habilis, y el Homo erectus existieron contemporáneamente, ¿cómo pudo haber sido uno antepasado del otro? Y ¿cómo pudo alguna de estas criaturas ser antepasado del Hombre, cuando los artefactos del Hombre son encontrados en un nivel estratigráfico más bajo, directamente debajo, y por ende más antiguo en tiempo que estos supuestos antepasados del Hombre?” (1995, p. 271).
Y ¿qué acerca del Homo erectus? Examine una copia de la edición de noviembre de 1985 de la National Geographic y vea si puede detectar algunas diferencias entre las fotos del Homo erectus y el Homo sapiens (pp. 576-577). El hecho es que, no hay diferencias reconocibles. Como Ernst Mayr, el famoso evolucionista taxonomista de Harvard remarcó: “La fase del Homo erectus está caracterizada por un esqueleto del cuerpo que, hasta donde sabemos, no difiere del hombre moderno en algún punto esencial” (1965, p. 632).
La evidencia fósil para la evolución (humana o distinta) simplemente no existe. Los simios siempre han sido simios—y los humanos siempre han sido humanos. El hombre no evolucionó en millones de años de antepasados como-simios. En cambio, como Génesis 1:26,27 nos dice, la humanidad fue creada a la “imagen y semejanza de Dios” (cf. Hechos 17:28,29). El salmista, hablando de la creación de Dios del hombre, escribió: “Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra” (8:5). El hombre no evolucionó de una criatura “sin imagen”, sino en cambio fue creado por Dios.
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