Uno de los temas más básicos y fundamentales que puede ser considerado por la mente humana es la pregunta, “¿Existe Dios?”. En el campo de la lógica, existen principios—o como éstos son llamados más a menudo, leyes—que gobiernan los procesos del pensamiento humano y que son aceptados como analíticamente verdaderos. Uno de estos es la ley del término medio excluido. Cuando se aplica a los objetos, esta ley declara que un objeto no puede tanto poseer y no poseer un cierto rasgo o característica al mismo tiempo y en el mismo modo. Cuando se aplica a proposiciones, esta ley declara que todas las proposiciones exactamente declaradas son verdaderas o falsas; éstas no pueden ser tanto verdaderas como falsas al mismo tiempo y en el mismo modo.
El enunciado, “Dios existe”, es una proposición declarada con precisión. Por ende, ésta es verdadera o falsa. El simple hecho es que Dios existe o no existe. No hay término medio. Uno no puede afirmar lógicamente tanto la existencia y la no-existencia de Dios. El ateo declara valientemente que Dios no existe; el teísta afirma de la misma manera que Dios existe; el agnóstico lamenta que no existe suficiente evidencia para hacer una decisión sobre el asunto; y el escéptico duda que la existencia de Dios pueda ser probada con certeza.
¿Quién está en lo correcto? ¿Existe Dios o no? Desde luego, la única manera de responder a esta pregunta es buscar y examinar la evidencia. De seguro es razonable sugerir que si existe un Dios, Él haría accesible para nosotros la evidencia adecuada para la tarea de establecer Su existencia. Pero ¿existe tal evidencia?
El teísta defiende el punto de que la evidencia para probar definitivamente que Dios existe está disponible, y que esta evidencia es adecuada para probar sin lugar a dudas la existencia de Dios. Sin embargo, cuando empleo la palabra “probar”, no pretendo decir que la existencia de Dios pueda ser demostrada científicamente del mismo modo que alguien puede probar, por ejemplo, que un saco de papas pesa quince libras, o que el corazón humano tiene cuatro cámaras distintas en su interior. Tales asuntos, como el peso de un saco particular de vegetales, o la división dentro de un músculo, son asuntos que pueden ser verificados empíricamente usando los cinco sentidos.
Aunque la evidencia empírica a menudo es bastante provechosa para establecer la validez de un caso, ésta no es el único medio para llegar a la prueba. Por ejemplo, las autoridades legales reconocen la validez de un caso prima facie (a primera vista), que se admite que existe cuando la evidencia adecuada está disponible para establecer la presunción de un hecho que, a menos que sea refutado, permanece legalmente probado. Es el litigio del teísta que existe una cantidad vasta de evidencia que hace un caso prima facie invulnerable para la existencia de Dios—un hecho que simplemente no puede ser refutado. Me gustaría presentar aquí una porción del caso prima facie para la existencia de Dios, y algunas de las evidencias sobre las cuales ese caso está basado.
A través de la historia humana, uno de los argumentos más efectivos para la existencia de Dios ha sido el argumento cosmológico, el cual señala el hecho de que el Universo (cosmos) está aquí y por lo tanto debe ser explicado en alguna manera. En su libro, Not A Chance (No Una Casualidad), R.C. Sproul observó:
La filosofía tradicional abogaba por la existencia de Dios sobre el fundamento de la ley de la causalidad. El argumento cosmológico regresó de la presencia de un cosmos al creador del cosmos. Solicitó una respuesta racional para la pregunta, “¿Por qué existe algo en vez de nada?”. Él demandaba una razón suficiente para un mundo real (1994, p. 169, énfasis en original).
El Universo existe y es real. Los ateos y los agnósticos no solamente reconocen su existencia, sino también admiten que éste es un efecto impresionante sin una causa conocida (vea Jastrow, 1977, pp. 19-21). Si una entidad no puede explicar su propia existencia (i.e., no es suficiente para haberse causado a sí misma), entonces se dice que es “contingente” ya que depende en algo externo a sí mismo para explicar su existencia. El Universo es una entidad contingente, ya que éste es incapaz de causar, o explicar, su propia existencia. Sproul ha anotado: “La lógica requiere que si algo existe contingentemente, debe tener una causa” (1994, p. 172). Por ende, ya que el Universo es un efecto contingente, la pregunta obvia llega a ser, “¿qué causó el Universo?”.
Es aquí que la ley de la causa y el efecto (también conocida como la ley de la causalidad) está vinculada firmemente al argumento cosmológico. Declarado simplemente, la ley de la causalidad declara que todo efecto material debe tener una causa adecuada que le anteceda. De la misma manera que la ley del término medio excluido es analíticamente verdadera, así también la ley de la causa y el efecto es analíticamente verdadera. Los efectos sin causas adecuadas son desconocidos. Además, las causas nunca ocurren posteriormente al efecto. No tiene sentido hablar de una causa posterior a un efecto, o de un efecto que precede a su causa. Además, el efecto nunca es cualitativamente superior a, o cuantitativamente más grande que, la causa. Este conocimiento es responsable para nuestra formulación de la ley de la causalidad por estas palabras: Todo efecto material debe tener una causa adecuada que le anteceda. El río no se tornó lodoso porque la rana saltó dentro; el libro no cayó de la mesa porque la mosca se paró sobre él. Estas no son causas adecuadas. Para cualquier efecto que observamos, debemos postular causas adecuadas que le anteceda—lo cual nos trae de nuevo a la pregunta anterior: ¿Qué causó el Universo?
¿Es el Universo Eterno?Solamente hay tres respuestas posibles: (1) el Universo es eterno; y siempre ha existido y siempre existirá; (2) el Universo no es eterno; mejor dicho, se creó a sí mismo de la nada; (3) el Universo no es eterno y no se creó a sí mismo de la nada, sino fue creado por algo (o Alguien) anterior, y superior a éste. Estas tres opciones merecen nuestra seria consideración.
La posición más cómoda para la persona que no cree en Dios es la idea de que el Universo es eterno, ya que evita el problema de un comienzo o un final, y por ende la necesidad de cualquier “primera causa” tal como Dios. Sin embargo, los hechos científicos actuales no sostienen la idea de un Universo eterno ya que tal concepto viola la muy apreciada segunda ley de la termodinámica. Declarado simplemente, esta ley determina que como la energía es empleada para realizar trabajo, es transformada de una forma utilizable a una inutilizable. El Universo se está “desgastando” ya que la energía está llegando a ser menos y menos disponible para el uso. Como Robert Jastrow ha remarcado:
Solamente como resultado de los descubrimientos más recientes podemos decir con grado considerable de confianza que el mundo no ha existido por siempre;... El declive persistente pronosticado por los astrónomos para el final del mundo difiere de las condiciones explosivas que han calculado para su nacimiento, pero el impacto es el mismo; la ciencia moderna niega una existencia eterna del Universo, bien en el pasado o en el futuro (1977, pp. 19,30, énfasis añadido).
La evidencia científica declara claramente que el Universo tuvo un comienzo—algo que las cosas eternas no tienen. Tampoco las cosas eternas se “desgastan”, sin embargo, claramente el Universo está haciendo eso, como el Dr. Jastrow observó. Henry Morris comentó: “La Segunda Ley requiere que el universo haya tenido un comienzo” (1974, p. 26). Efectivamente, éste lo tiene. Ahora se conoce que el Universo no es eterno.
¿Se Creó el Universo a Sí Mismo de la Nada?En el pasado, hubiera sido prácticamente imposible encontrar a algún científico de reputación que estuviera dispuesto a defender un Universo auto-creado. George Davis, un físico prominente de la generación pasada, explicó por qué cuando escribió: “Ninguna cosa material puede crearse a sí misma” (1958, p. 71). El Universo es la creación, no el creador.
No obstante, últimamente algunos han sugerido que el Universo sí se creó de la nada. La primera idea de un Universo auto-creado vino como resultado del trabajo de dos físicos, Alan Guth y Paul Steinhardt, los cuales sugirieron en la edición de mayo de 1984 de la revista Scientific American lo que vino a ser conocido como el “modelo del Universo inflacionario” (1984, 250:128). Finalmente, fue mostrado que el modelo inflacionario de Guth y Steinhardt era incorrecto, y una nueva versión fue sugerida. Trabajando independientemente, el físico ruso Andrei Linde, y los físicos americanos Andreas Albrecht y Paul Steinhardt, desarrollaron el “nuevo” modelo inflacionario (vea Hawking, 1988, pp. 131-132). Al final, se mostró que este modelo también era incorrecto, y fue descartado. Después, Linde mismo sugirió modificaciones numerosas para éste, y se le acredita por producir lo que hoy en día es conocido como “el modelo inflacionario caótico” (vea Hawking, 1988, pp. 132, et.seq.). Trabajo adicional sobre este modelo particular fue realizado por el renombrado astrofísico británico Stephen W. Hawking.
No existe evidencia que sugiera que la materia o la energía simplemente puede “saltar a la existencia” de su propia voluntad. Sugerir que la materia/energía puede emerger de la nada representaría una clara violación de la primera ley de la termodinámica. Además, sugerir que el Universo se creó a sí mismo es plantear una posición auto-contradictoria. Sproul señaló este hecho cuando escribió que lo que un ateo o un agnóstico
...considera posible que el mundo haga—nacer sin una causa—es algo que ningún filósofo juicioso concedería que incluso Dios pudiera hacer. Es tan imposible formalmente y racionalmente para Dios nacer sin una causa como lo es para el mundo el hacerlo así.
...Para que algo traiga a sí mismo a existencia debe tener el poder de existir dentro de sí mismo. A lo menos debe tener suficiente poder causal para causar su propia existencia. Si deriva su existencia de alguna otra fuente, entonces claramente no sería auto-existente ni auto-creado. Sería, sencilla y simplemente, un efecto. Desde luego, el problema se complica por la otra necesidad por la cual hemos laborado tan minuciosamente para establecer: Esto debería tener el poder causal de existir antes que fuese. Debería tener el poder de existir antes que tuviera cualquier existencia con la cual ejercitar ese poder (1994, pp. 179, 180).
La ciencia está basada en la observación y reproducibilidad. Pero cuando son presionados a mostrar la información empírica y reproducible que documente su reclamación de un Universo auto-creado, los científicos se quedan confusos para producir aquella información. La idea de un Universo auto-creado es absurda, tanto científica y filosóficamente.
¿Fue el Universo Creado?O tuvo el Universo un comienzo, o no lo tuvo. Pero toda evidencia disponible indica que el universo sí tuvo un comienzo. Si el Universo tuvo un comienzo, éste o tuvo una causa o no la tuvo. Una cosa sabemos: es correcto—lógica y científicamente—admitir que el Universo tuvo una causa, porque el Universo es un efecto, y requiere una causa adecuada que le anteceda. Nada sin-causa existe.
Ya que es aparente que el Universo no es eterno, y ya que también es aparente que el Universo no se pudo haber creado a sí mismo, la única alternativa es que el Universo fue creado por algo, o Alguien, que: (a) existía antes que éste, i.e., alguna Primera Causa eterna y sin causa; (b) es superior a éste—ya que la creación no puede ser superior al creador; y (c) es de diferente naturaleza, ya que el limitado Universo contingente de materia es incapaz de explicarse por sí mismo. En conexión con esto, otro factor importante debe ser considerado. Si alguna vez había un tiempo en el cual nada existía, entonces nada existiría ahora. Es una verdad auto-evidente que nada produce nada sino la nada. Por ende, ya que algo existe ahora, se infiere que algo debe haber existido por siempre. Como Sproul continuó observando:
Efectivamente, la razón demanda que si algo existe, o el mundo o Dios (o cualquier cosa más), entonces algo debe ser auto-existente... Por tanto debe haber un ser auto-existente de alguna clase en alguna parte, o nada existiría o podría existir (1994, pp. 179,185, énfasis en original).
Todo lo que los seres humanos conocen que existe puede ser clasificado como materia (que incluye la energía), o mente. No hay tercera alternativa. Entonces, el argumento teísta es este:
En el pasado, los ateos sugirieron que la mente es nada más que una función del cerebro, que es la materia; por consiguiente, la mente y el cerebro son lo mismo, y la materia es todo lo que existe. Sin embargo, tal punto de vista ya no es creíble intelectualmente, gracias a los experimentos del fisiólogo australiano Don John Eccles. El Dr. Eccles (un ganador del premio Nobel) documentó que la mente es más que simplemente física por mostrar que el área motora suplementaria del cerebro puede ser encendido por una mera intención de hacer algo, sin que la corteza motora del cerebro (que controla los movimientos de los músculos) esté operando. De hecho, la mente es para el cerebro lo que un bibliotecario es para la biblioteca. El primero no está rebajado por el último. Eccles explicó su descubrimiento en The Self and Its Brain (El Ser y Su Cerebro), co-escrito con el eminente filósofo de ciencia, Don Karl Popper (vea Popper y Eccles, 1977). En un artículo que trata del trabajo de Eccles, Norman Geisler detalló el concepto de una Mente eterna y omnisciente.
Además, esta causa infinita de todo lo que existe debe ser omnisciente. Debe ser inteligente ya que existen seres inteligentes. Yo soy un ser inteligente, y yo lo sé... Pero una causa puede comunicar a su efecto solamente lo que tiene para comunicar. Si el efecto realmente posee alguna característica, entonces esta característica es atribuida correctamente a su causa. La causa no puede dar lo que no tiene para dar. Si mi mente y habilidad para conocer es recibida, entonces debe haber una Mente o Conocedor quien me lo dio. Lo intelectual no surge de lo no-intelectual; algo no puede surgir de nada (1976, p. 247).
A causa de la evidencia como esta, Robert Jastrow (un auto-declarado agnóstico) concluyó: “Lo que yo o cualquiera llamaría fuerzas sobrenaturales trabajando es ahora, yo pienso, un factor científico probado” (1982, p. 18). La evidencia habla fuertemente en cuanto a una Mente no-contingente, eterna y auto-existente que creó el Universo y todo lo que hay en él.
En la controversia por la existencia de Dios, los teístas a menudo emplean el argumento teleológico—un enfoque que sugiere que donde existe un diseño planeado, debe haber por necesidad un diseñador. La deducción, desde luego, es que el orden, planeamiento, y el diseño son indicativos de inteligencia, propósito, e intención específica de parte de la causa iniciadora. En una forma lógica, el argumento puede ser declarado como sigue:
El Universo opera de acuerdo a leyes científicas exactas. La precisión del Universo, y la exactitud de aquellas leyes, permiten a los científicos lanzar cohetes a la Luna y hacerlos aterrizar dentro de pocos pies de su objetivo deseado. Aunque los ateos conceden complejidad, e incluso orden, ellos rechazan conceder diseño ya que eso demandaría un Diseñador. ¿Existe evidencia de diseño en el Universo?
Se estima que la temperatura interior del Sol es de más de 20 millones de grados Celsius (Lawton, 1981,89[1]:102). No obstante, la Tierra está localizada exactamente a la correcta distancia del Sol para recibir la cantidad adecuada de calor y radiación para sostener la vida como lo sabemos. La Tierra está rotando en una orbita alrededor del Sol a 70,000 millas por hora. Sin embargo, en esta orbita la Tierra se aparta de una línea recta por exactamente un-noveno de pulgada cada dieciocho millas. Si se separara por un-octavo de pulgada, llegaríamos a estar tan cerca del Sol que seríamos incinerados; si se separara por un-décimo de pulgada, nos encontraríamos tan lejos del Sol que moriríamos congelados (Science Digest, 1981,89[1]:124). ¿Qué pasaría si el ritmo de rotación de la Tierra sería reducido a la mitad o duplicado? Si fuera reducido a la mitad, las estaciones serían duplicadas en su duración, lo cual causaría un calor y frío prolongado y severo sobre la Tierra que sería difícil, si no imposible, cultivar suficiente alimento para alimentar a la población de la Tierra. Si el ritmo de rotación fuera duplicado, las estaciones serían reducidas a la mitad, y sería difícil o imposible cultivar suficiente comida para alimentar a la población de la Tierra. Si la atmósfera circundante a la Tierra sería más delgada, los meteoritos podrían golpear nuestro planeta con más grande fuerza y frecuencia, causando devastaciones mundiales.
Cuatro-quintos de la Tierra están cubiertos con agua, el cual calienta y enfría a un ritmo más lento que la tierra. Esto explica por qué las regiones desérticas pueden ser abrasadoramente calientes en el día y heladamente frías en la noche. Pero el agua mantiene su temperatura más tiempo, proveyendo un sistema de calefacción/aire acondicionado para la Tierra. Las temperaturas extremas serían mucho más irregulares, si no fuera por el hecho de que la Tierra tiene tanta agua. Los seres humanos y animales inhalan oxigeno y exhalan dióxido de carbono. Las plantas absorben dióxido de carbono y despiden oxígeno. Nosotros dependemos en el mundo de la botánica para nuestro suministro de oxígeno, aunque aproximadamente el 90% de ese oxígeno viene de plantas microscópicas en los mares (Asimov, 1975,2:116). Si nuestros océanos fueran perceptiblemente más pequeños, pronto no tendríamos aire para respirar.
¿Puede esperarse de una persona el creer que estos requisitos exactos para la vida (y cientos de otros demasiados numerosos para listar aquí) ocurrieron por “accidente”? Si estas muchas necesidades específicas fueran reunidas en cualquier otra área de la vida, la idea de que éstas hayan sido provistas “por accidente” sería descartada como ridícula. Aun así, el físico John Gribbin (1983), escribiendo en la revista Science Digest sobre la esencialidad de los requisitos finamente armonizados como aquellos mencionados aquí, escogió titular su artículo, “Earth’s Lucky Break!” (¡El Golpe de Suerte de la Tierra!)—como si la precisión, orden y el diseño intrincado del Universo pudiera ser explicado al postular que la Tierra recibió, en un ruedo de dados cósmicos, un “golpe de suerte”.
Por casi dos décadas, el evolucionista británico Don Fred Hoyle subrayó los problemas insuperables de tal pensamiento. De hecho, el Dr. Hoyle incluso fue tan lejos como para declarar:
No obstante, una vez que nosotros vemos que la probabilidad de la vida originándose al azar es del todo minúscula como para hacer el concepto al azar absurdo, llega a ser sensato pensar que las propiedades favorables de la física sobre las que la vida depende, son intencionadas en cada respecto... Por tanto, es casi inevitable que nuestra propia medida de inteligencia deba reflejar en una manera valida las inteligencias superiores...incluso hasta el límite idealizado extremo de Dios (Hoyle y Wickramasinghe, 1981, pp. 141,144, énfasis en original).
El ateo Richard Dawkins admitió de mala gana: “Cuánto más una cosa es estadísticamente improbable, menos podemos creer que solo pasara por casualidad ciega. Superficialmente, la alternativa obvia para la casualidad es un Diseñador inteligente” (1982, 94:130, énfasis añadido). La improbabilidad estadística del Universo “existiendo por casualidad” es asombrosa.
En este artículo breve, he tratado con solamente un aspecto del diseño que tiene que ver con el Universo mismo. Existen innumerables ejemplos adicionales (e.g., el diseño del cuerpo humano, el diseño de los animales y las plantas, etc.) que pudieran haber sido discutidos si el espacio lo permitiera. ¿Cómo este diseño llegó a existir? La única alternativa es un Diseñador Inteligente—Dios.
Asimov, Isaac (1975), Guide to Science (London; Pelican Books).
Davis, George (1958), “Scientific Revelations Point to a God,” The Evidence of God in an Expanding Universe, ed. John C. Monsma (New York: G.P. Putnam’s Sons).
Dawkins, Richard (1982), “The Necessity of Darwinism,” New Scientist, 94:130-132, April 15.
Geisler, Norman L. (1976), Christian Apologetics (Grand Rapids, MI:Baker).
Gribbin, John (1983), “Earth’s Lucky Break,” Science Digest, 91[5]:36-37,40,102. May.
Guth, Alan y Paul Steinhardt (1984), “The Inflationary Universe,” Scientific American, 250:116-128, May.
Hawking, Stephen W. (1988), A Brief History of Time (New York: Bantam).
Hoyle, Fred y Chandra Wickramasinghe (1981), Evolution from Space (London: J.M. Dent & Sons).
Jastrow, Robert (1977), Until the Sun Dies (New York: W.W. Norton).
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Morris, Henry M. (1974), Scientific Creationism (San Diego, CA: Creation-Life Publishers).
Popper, Karl R. y John C. Eccles (1977), The Self and Its Brain (New York: Springer International).
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Sproul, R.C. (1994), Not A Chance (Grand Rapids, MI: Baker).
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