Este artículo está disponible en la página Web de Apologetics Press: http://www.apologeticspress.org/espanol/articulos/641

AP Contenido :: Temas Doctrinales

En Defensa de... la Iglesia de Cristo
por Bert Thompson, Ph.D.

INTRODUCCIÓN

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo”, el apóstol Pablo escribió, “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gálatas 4:4,5). Dios-encarnado había venido a la Tierra, trayendo las “buenas nuevas” acerca del pacto último y final que el Cielo haría con el hombre. La serie de eventos que se originaron con el nacimiento de Cristo en Belén y que culminaron en Su muerte, sepultura, y resurrección fuera de Jerusalén aproximadamente treinta y tres años después, produjeron un torbellino tremendo de controversia en el primer siglo. Veinte siglos después, todavía lo hace.

Para el cristiano fiel, no hay algo que tenga más importancia que la proclamación y defensa del Evangelio de la Jerusalén antigua que puede salvar las almas de los hombres. El cristianismo no vino al mundo con un gemido, sino con un estallido. No fue en el primer siglo, ni se desea que sea en el siglo veinte, algo “hecho en un rincón”. En cambio, éste llegó como un toque de trompeta.

Cristo pasó tres años y medio enseñando para hacer discípulos. Cuándo finalmente estuvo preparado para llamarlos a la acción, no fue para un retiro tranquilo entre las colinas pacíficas cercanas. Él nunca pretendió que ellos fueran “hombres santos” que se sentaran aparte para pasar cada hora de cada día en meditación tranquila. En cambio, debían ser soldados—para una batalla espiritual en contra de las fuerzas del mal (Efesios 6:10-17). Jesús los llamó para la acción, negación de sí mismos, amor inflexible por la verdad, y celo asociado con el conocimiento. Sus palabras para aquellos que le seguirían fueron: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Marcos 8:34). Y muchos lo hicieron.

La enseñanza no paró cuando Cristo partió para regresar a Su hogar en el cielo. Él había entrenado a multitud de otros—apóstoles y discípulos—para continuar el trabajo que Él había comenzado. Ellos fueron enviados a todas las partes de la Tierra con el mandato de proclamar el Evangelio con valentía a través de la predicación y la enseñanza (Mateo 28:18-20). Ellos hicieron esto diariamente (Hechos 5:42), siendo el resultado adicional, nuevos discípulos. Luego, ellos también fueron instruidos y fundamentados en la Palabra de Dios (Hechos 2:42), e instruidos incluso a enseñar a otros en su camino.

Los resultados fueron efectivamente sorprendentes. En un solo día, en una sola ciudad, más de 3,000 constituyeron la iglesia original como resultado de la enseñanza que habían escuchado de los apóstoles de Cristo (vea Hechos 2:41). De hecho, tan efectiva fue esta clase de instrucción que los enemigos del cristianismo intentaron prohibir cualquier enseñanza pública adicional (Hechos 4:18; 5:28), pero en vano. Veinte siglos después, el tema espléndido de la Cruz está todavía vivo, vibrante, y poderoso. El mensaje central del cristianismo, la manera en que ese mensaje fue enseñado, y la dedicación de aquellos a quienes se les entregó en sus manos, fue demasiado poderoso para que incluso sus enemigos más odiosos reduzcan o derroten.

Aunque puede ser cierto que ciertas religiones florecen mejor en secreto, este no es el caso del cristianismo. El cristianismo está proyectado tanto a ser presentado, y a ser defendido en el mercado de ideas. Adicionalmente, mientras algunas religiones evitan la investigación abierta y la evaluación crítica, el cristianismo da la bienvenida a ambas. De todas las religiones principales basadas sobre un individuo y no una mera ideología, ésta es la única que clama, y puede documentar, una tumba vacía para su Fundador. Además, los cristianos, a diferencia de partidarios de algunas otras religiones, no tienen una opción concerniente a la distribución y/o diseminación de su fe. La eficacia de la gracia salvadora de Dios—como hecha posible a través de Su Hijo, Jesucristo—es un mensaje que toda gente responsable necesita oír, y una que los cristianos están mandados a proclamar (Juan 3:16; Mateo 28:18-20; cf. Ezequiel 33:7-9).

LA IGLESIA DE CRISTO—SU CUERPO ÚNICO Y SINGULAR DE CREYENTES SALVADOS

En Cesarea de Filipo, situada a la falda del monte Hermón que se levanta a más de siete mil pies por encima de ésta, Jesús preguntó a Sus discípulos cómo el público le consideraba. “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”, Él inquirió (Mateo 16:13). La respuesta de los discípulos fue: “Unos dicen, Juan el Bautista; otros Elías, otros, Jeremías, o alguno de los profetas” (16:14). Pero Jesús ahondó más profundamente al preguntar: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (16:15). Como siempre, el impulsivo Simón Pedro rápidamente contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (16:16). La respuesta de Jesús a Pedro fue esta:

“Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (16:17,18).

Jesús había venido “en el cumplimiento del tiempo” para traer la única cosa que todos los habitantes de la Tierra necesitaban. Desde Caín, el primer asesino, hasta los hombres sin ley quienes finalmente le pondrían a muerte en la cruz, la humanidad necesitaba desesperadamente la salvación que el plan celestial proveería. Escribiendo al joven evangelista Timoteo, Pablo observó que había sido el plan de Dios el salvar a los hombres a través de Cristo incluso antes de la fundación del mundo. Él escribió de Dios, “quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Timoteo 1:9). A través de Su presciencia, Dios supo que el hombre pecaminoso necesitaría salvación. De hecho, a través de la historia de Israel, Dios hizo tanto promesas y profecías concernientes al reino venidero y a su rey. La promesa fue que del linaje de David, Dios edificaría una “casa” y “reino” (2 Samuel 7:11-17—una promesa que fue reafirmada en Salmos 132:11 y predicada como realidad por Pedro en Hechos 2:29-34 cuando la iglesia comenzó). Setecientos años antes de la llegada de Cristo, el gran profeta Isaías había predicho:

Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto. (Isaías 9:6,7).

Por ende, la exclamación de Cristo a Pedro de que la edificación de Su iglesia sería sobre una “roca” era nada más que lo que los profetas del Antiguo Testamento habían predicho cientos de años antes. Isaías profetizó: “Por tanto, Jehová el Señor dice así: He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure” (28:16). Luego, Pedro—a través de inspiración, y sin duda con los eventos de Cesarea de Filipo todavía frescos en su mente—haría referencia a esta misma fundación de roca cuando escribió acerca de la “piedra viva, rechazada por los hombres... La piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo” (1 Pedro 2:4,7). De hecho, aún Jesús mismo mencionó la “piedra desechada” de la alusión del Antiguo Testamento. En Mateo 21:42; Marcos 12:10; y Lucas 20:17, Él hizo referencia al enunciado del salmista acerca de “la piedra que los edificadores desecharon ha venido a ser la cabeza del ángulo” (Salmos 118:22), y aplicó el rechazo de la piedra por los edificadores al rechazo y el repudio del Sanedrín hacia Él.

Tristemente, algunos hoy en día erróneamente enseñan que la iglesia de Cristo fue establecida por desesperación, como una “medida de emergencia” puesta en marcha cuando los judíos rechazaron a Cristo como Salvador. El fundamento para tal punto de vista es la idea que Jesús se presentó a Sí mismo a las naciones judías como su Mesías, pero fue rechazado—un rechazo que vino como una sorpresa inesperada para Él y Su Padre. El fracaso de Cristo para convencer a los judíos de Su lugar legítimo como su Rey le forzó a reevaluar, y finalmente aplazar Sus planes—siendo Su intención el reestablecer Su reino en un punto distante en el futuro. Mientras tanto, la historia continúa, Él estableció la iglesia para apaciguar temporalmente el fracaso completo de Su misión. No obstante, tal punto de vista ignora las observaciones de los escritores inspirados que “antes de los tiempos de los siglos” Dios ya había puesto en marcha Su plan para la salvación del hombre como miembros de la iglesia de Su Hijo. [La palabra griega ekklesia, traducida “iglesia” en el español, denota el “llamado fuera de Dios”]. Este punto de vista ignora las profecías del Antiguo Testamento que específicamente predecían el rechazo de Cristo por los judíos. E, ignora las propias alusiones de Cristo a esas profecías durante Su ministerio terrenal. Pero lo peor de todo, pone en tela de duda la omnisciencia de tanto Dios y Su Hijo al sugerir que Ellos fueron “sorprendidos fuera de guardia” por el rechazo de los judíos de Cristo como el Mesías, por ende causando que el emisario del Cielo tenga que reconsiderar Sus planes. ¡Qué punto de vista ofensivo y no escritural es este!

Jesús fue un hombre con una misión—y Él completó exitosamente lo que había venido a lograr. La deidad había venido a la Tierra, tomando la forma de siervo (Filipenses 2:7) para comunicar la verdad al hombre (Juan 8:32) acerca del estado perdido en el cual el hombre ahora se encontraba (Mateo 20:28), por ello librándole de una situación del cual él no podía librarse a sí mismo (Jeremías 10:23).

Cuando Cristo murió en la cruz, no fue por algún pecado que Él personalmente hubiere cometido. Aunque el fue tentado en todo aspecto como nosotros lo somos, Él no pecó (Hebreos 4:15). Cuando Pedro escribió que Jesús “no pecó”, el empleó un tiempo del verbo que sugiere que el Señor nunca pecó—ni siquiera una sola vez (1 Pedro 2:22). Isaías enfatizó repetidamente la naturaleza sustituidora de la muerte del Señor cuando él confirmó: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados... Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:5,6). Cuando el profeta declaró que nuestro “pecado” fue colocado sobre el Hijo de Dios, él empleó un lenguaje figurado conocido como metonimia (en donde una cosa es usada para designar otra). En este caso, la causa es usada por el efecto. En otras palabras, Dios realmente no puso nuestros pecados sobre Cristo; Él puso el castigo de nuestros errores sobre Su Hijo en el Calvario. Aunque, a pesar del hecho de que todos los pecadores merecen estar perdidos, Dios proveyó un medio para “escapar del juicio del infierno” (Mateo 23:33).

Jesús clarificó que Él proveería este medio de escape a través de un plan que resultaría en el establecimiento de Su iglesia—i.e., Su cuerpo de “los llamados fuera”. La primera profecía mesiánica debía ser cumplida: Satanás heriría el calcañar del Señor, pero el Señor vencería y heriría la cabeza de Satanás (Génesis 3:15). En contra del establecimiento de la iglesia de Cristo, ni incluso las Puertas del Hades podían prevalecer (Mateo 16:18). Además, habría una y solamente una iglesia. Pablo escribió que Cristo “es la cabeza del cuerpo, la iglesia” (Colosenses 1:18). En Efesios 1:22, él declaró concerniente a Cristo que Dios “lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia”. Por ende, Pablo claramente identificó al cuerpo como la iglesia. No obstante, tres capítulos después, en Efesios 4:4, Pablo declaró: “Hay un cuerpo”. Expresado lógicamente, uno puede razonar como sigue:

Hay un cuerpo (Efesios 4:4).

Pero Cristo es el Salvador del cuerpo (Efesios 5:23).

Por consiguiente, Cristo es el Salvador de un cuerpo.

Y,

Cristo es el Salvador de un cuerpo.

Pero el cuerpo es la iglesia (Efesios 1:22,23; Colosenses 1:18,24).

Por consiguiente, Cristo es el Salvador de una iglesia.

El cuerpo, la iglesia de Cristo, sería conocida como “la iglesia del Señor” (Hechos 20:28), “la iglesia de Dios” (1 Corintios 1:2; Gálatas 1:13), “la casa de Dios” (1 Timoteo 3:15), “la familia de la fe” (Gálatas 6:10), y “el reino de Dios” (Hechos 28:23,31). El pueblo del Señor debía llevar el nombre de Cristo (Hechos 11:26; 26:28; 1 Pedro 4:16). La iglesia sería Su esposa (Apocalipsis 19:7-9; 21:2) y Su reino (Apocalipsis 1:9). Aquellos en ésta serían victoriosos sobre Satanás y la muerte por siempre (1 Corintios 15:26,54-56; 2 Timoteo 1:9,10).

Desafortunadamente, los hombres buscaron alterar el plan divino, e infundirlo con sus propios sistemas personales de creencia. Por consiguiente, el concepto de denominacionalismo nació. No obstante, el denominacionalismo, es desconocido a, y desautorizado por, la Palabra de Dios. Una denominación es definida como: “una clase o tipo que tiene un nombre o valor específico...”. Nosotros hablamos de varias denominaciones monetarias—un billete de cinco dólares, un billete de diez dólares, etc. Todos son diferentes. Lo mismo es verdad en cuanto a las denominaciones religiosas. Todas son diferentes.

El denominacionalismo ignora la singularidad y excepcionalidad de la iglesia, y establece grupos que enseñan doctrinas conflictivas que son antagónicas tanto a la Biblia y a los demás. También ignora la relación de la iglesia con Cristo, que es descrita tan hermosamente en Efesios 5 donde Pablo recordó a los cristianos del primer siglo que “el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia” (5:23). El punto del apóstol fue este: En un contexto físico, la esposa es la novia y el esposo el novio; pero en un contexto espiritual, la iglesia es la novia y Cristo es el novio (cf. Apocalipsis 21:9, LBLA). En Hechos, Pedro trató la relación de Cristo con Su iglesia cuando observó que “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Las denominaciones son instituciones hechas por el hombre que no son reconocidas en, ni autorizadas por, la Palabra de Dios. Lo cierto es que aunque Martín Lutero fue un gran reformador, el hecho permanece siendo que él no murió para establecer la iglesia. Entonces, ¿por qué desear ser un miembro de una denominación que lleva su nombre en vez del nombre de Cristo—quien murió para establecer la iglesia? Los primeros presbíteros de la iglesia (i.e, ancianos, obispos, supervisores) no dieron sus vidas en una cruz para establecer la iglesia. Entonces, ¿por qué debería alguien querer ser un miembro de una denominación nombrada a causa de ellos, en vez del Hijo de Dios? ¿Por qué ser miembro de una denominación establecida por John Wesley y conocida por ciertos “métodos” usados para adorar a Dios? ¿Por qué buscar ser un miembro de una denominación nombrada a causa de gente—“bautistas”—quienes reconocen la inmersión como el modo escritural del bautismo? Y, la Biblia—aunque nos dice correctamente de la venida de la iglesia y documenta su llegada—no hizo a la iglesia posible. Entonces, ¿por qué ser un miembro de la “iglesia de la Biblia”? Es imposible ser un miembro de una denominación hecha por el hombre y ser un miembro fiel de la iglesia del Señor al mismo tiempo. ¿No deberían los cristianos simplemente buscar ser miembros de la única iglesia verdadera que honra la autoridad de Cristo—la iglesia que Él compró con Su sangre? Ésta es Su esposa; Él es su esposo. En la Biblia, Sus congregaciones son conocidas como las “iglesias de Cristo” (Romanos 16:16). Aquellos que son verdaderos cristianos del Nuevo Testamento son aquellos que han hecho exactamente lo que Dios les ha mandado hacer para ser salvos, en la manera exacta que Dios ha mandado que esto sea hecho. Haciéndolo así, ellos no se han “unido” a alguna denominación religiosa hecha por el hombre que es meramente un grupo religioso entre muchos. Si la iglesia es el cuerpo, y si hay solo un cuerpo, entonces hay solamente una iglesia. Además, uno no se “une” a la iglesia. Las Escrituras enseñan que cuando una persona es obediente, Dios mismo “añade” a esa persona a la única iglesia verdadera (Hechos 2:41) que lleva el nombre de Su Hijo.

LA IGLESIA DE CRISTO—SU REINO DIVINAMENTE DISEÑADO, COMPRADO CON SANGRE Y LLENO DEL ESPÍRITU

Durante Su ministerio terrenal, Jesús enseñó: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Teniendo tal autoridad de Su Padre, solamente Él poseía el derecho de ser la Cabeza de la iglesia, su único cuerpo de creyentes (Efesios 1:22,23; Colosenses 1:18). Pablo estaba constreñido a recordar a los cristianos: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del [por la autoridad del—BT] Señor Jesús” (Colosenses 3:17). Cristo anunció mientras estaba en la Tierra que Él edificaría Su iglesia (Mateo 16:18). Esta sería divinamente diseñada (Juan 10:25; Hechos 2:23), comprada con sangre (Hechos 20:28), y llena del Espíritu (1 Corintios 6:19,20; Romanos 8:9,10). En Pentecostés seguido a la muerte del Señor, Su sepultura, y Su resurrección, Pedro reprendió a los judíos por su duplicidad al matar al Hijo de Dios, y los declaró culpables por su pecado (Hechos 2:22,23). Lucas registró que ellos se “compungieron de corazón” y buscaron ser perdonados (Hechos 2:37). En ese día fatídico veinte siglos atrás, a lo menos 3,000 personas fueron añadidas juntas por Dios para constituir la iglesia de Cristo (Hechos 2:41). Luego, Lucas observó que gran temor vino sobre toda la iglesia como resultado de la disciplina de Dios de los pecadores dentro de ésta (Hechos 5:11). No existe duda que la iglesia fue establecida en la generación de Cristo.

La Biblia habla de la iglesia como el reino de Cristo. Jesús dijo que el tiempo para su llegada había sido “cumplido” (Marcos 1:15), y que el reino estaba tan cerca como la generación de gente a quien Él habló, ya que algunos de ellos no gustarían de la muerte antes que vieran el reino de los cielos venir (Marcos 9:1). Pablo enseñó que la iglesia está constituida de santos (1 Corintios 1:1,2). Pero cuando él escribió su epístola a los colosenses (ca. 62 d.C.) él declaró que para este tiempo los santos en la iglesia en Colosas fueron personas en “el reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13). Si el reino no había sido establecido, Pablo obviamente erró al decir que los colosenses ya estaban en éste. [Aquellos que enseñan que la iglesia y el reino están separados, y que el reino todavía no ha llegado, deben sostener que existen hoy en día algunos de la misma gente a quienes Jesús habló casi 2,000 años atrás que todavía viven en la Tierra—ya que Él declaró que algunos que le oían no morirían hasta que el reino haya llegado (Marcos 9:1)].

El Nuevo Testamento enseña que la iglesia está compuesta de individuos comprados con la sangre de Cristo (Hechos 20:28) y que aquellos así adquiridos fueron hechos para ser un reino (Apocalipsis 1:5,6; 5:9,10). Ya que tanto la iglesia y el reino están compuestos de individuos comprados por sangre, la iglesia y el reino deben ser lo mismo. Y ya que los cristianos que constituyen la iglesia fueron trasladados al reino, es conclusivo que la iglesia y el reino son lo mismo. El establecimiento del reino coincidió con el establecimiento de la iglesia. El Señor no solamente predijo el establecimiento de tanto el reino y la iglesia en Su generación, sino los escritores del Nuevo Testamento hablaron de la iglesia como del reino estando en existencia durante la generación de Su llegada (i.e., el siglo primero).

LA IGLESIA TRIUNFANTE DE CRISTO

Jesús advirtió a aquellos que serían Sus discípulos que ellos serían tanto polémicos como perseguidos cuando Él dijo:

No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa (Mateo 10:34-36).

Jesús no quería un malentendido acerca de las pruebas y tribulaciones que Sus seguidores enfrentarían. Él constantemente les recordó de estas (Mateo 10:16,39; 16:24; 24:9; Juan 15:2,18,20; 16:1,2; 21:18,19). Aunque Él deseaba que el hombre estuviera en paz con el hombre, Su meta principal fue traer al hombre a una relación de pacto pacífico con Dios. Cristo también alertó a Sus seguidores acerca de la presión que sobrevendría a ellos a causa de otras religiones (Mateo 10:17), de los gobiernos civiles (Mateo 10:18), e incluso de algunos de entre ellos (2 Tesalonicenses 3:1 et.seq.). Él dijo: “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre” (Mateo 10:22). La historia registra que las palabras de Cristo describieron exactamente lo que acontecería a aquellos antiguos cristianos. Como James O. Baird denotó: “En realidad, el cristianismo fue opuesto más vigorosamente que ninguna otra religión en la historia prolongada de Roma” (1978, p. 29).

La persecución en contra de la iglesia estuvo, y está arraigada en la naturaleza y trabajo de Cristo. El mundo odió a Cristo (Juan 7:7). Éste también odiará a la iglesia (Juan 15:18). El odio a menudo resulta en persecución. La iglesia, si es fiel a su misión, será opuesta. No obstante, una cosa estaba fuera de duda. Aquellos santos que permanecían fieles—aun hasta la muerte si era necesario—serían triunfantes (Apocalipsis 2:10). Como el gran Restaurador F.G. Allen tan hermosamente escribió:

Uno por uno colocaremos nuestra armadura debajo a los pies del Capitán de nuestra salvación. Uno por uno seremos guardados por manos tiernas y corazones doloridos para descansar en el seno de Jesús. Una por una nuestras filas serán por ende menos numerosas, hasta que dentro de poco todos pasemos al otro lado. Pero nuestra causa vivirá. La verdad eterna nunca perecerá. Dios mirará hacia abajo desde Su habitación en lo alto, la vigila en Su providencia, y la rodea en los brazos de Su amor. Dios levantará a otros para tomar nuestros lugares; ¡y podemos transmitir a ellos la causa en su pureza! A pesar de la muerte, nosotros así hablaremos para generaciones por venir, ¡y Dios concede que demos un sonido no incierto! Entonces podemos de nuestro hogar feliz en lo alto, mirar el crecimiento de la causa que amamos, hasta que cubra la tierra completa como las aguas cubren la faz del gran abismo (1949, pp.176-177).

REFERENCIAS

Allen, F.G. (1949), “The Principles and Objects of the Current Reformation,” Foundation Facts and Primary Principles, ed. G.C. Brewer (Kansas City, MO: Old Paths Books Club).

Bird, James O. (1978), “The Trials and Tribulations of the Church from the Beginning,” The Future of the Church, ed. William Woodson (Henderson, TN: Freed-Hardeman College).




Derechos de autor © 2005 Apologetics Press, Inc. Todos los derechos están reservados.

Estamos complacidos de conceder permiso para que los artículos en la sección de "Temas Doctrinales" sean reproducidos en su totalidad, siempre y cuando las siguientes estipulaciones sean observadas: (1) Apologetics Press debe ser designada como la editorial original; (2) la página Web URL específica de Apologetics Press debe ser anotada; (3) el nombre del autor debe permanecer adjunto a los materiales; (4) cualquier referencia, notas al pie de página, o notas finales que acompañan al artículo deben ser incluidas a cualquier reproducción escrita del artículo; (5) las alteraciones de cualquier clase están estrictamente prohibidas (e.g., las fotografías, tablas, gráficos, citas, etc. deben ser reproducidos exactamente como aparecen en el original); (6) la adaptación del material escrito (e.g., publicar un artículo en varias partes) está permitida, siempre y cuando lo completo del material sea hecho disponible, sin editar, en una extensión de tiempo razonable; (7) los artículos, en totalidad o en parte, no deben ser ofrecidos en venta o incluidos en artículos para venta; y (8) los artículos no deben ser reproducidos en forma electrónica para exponerlos en páginas Web (aunque los enlaces a los artículos en la página Web de Apologetics Press están permitidos).

Para catálogos, muestras, o información adicional, contacte:

Apologetics Press
230 Landmark Drive
Montgomery, Alabama 36117
U.S.A.
Phone (334) 272-8558
http://www.apologeticspress.org